Los Oscar ya no transmiten su épica de antaño. Porque hoy todo es épica. La hiperconexión digital nos ha llevado a una percepción constante de momentos históricos. Cada día, asistimos a un golpe de efecto que nos bebemos sedientos. Así también nos sorbemos las series y las películas. Cuando nos paramos a digerir una historia, irrumpe en nuestra retina la siguiente. No hay demasiado margen para almacenar recuerdos. Ni para comentarlos con los nuestros.. Las películas de hoy no son conversadas por la sociedad como los grandes estrenos de ayer. La ciudadanía había visto en el cine los grandes títulos que competían en la noche de Hollywood antes de la gala. Ahora suele ser al revés, lo que merma la implicación del público general con el show en sí. Incluso sentíamos que ganábamos o perdíamos con nuestra actriz favorita, que nos conquistaba por el glamour de permitirnos trasladarnos a otros mundos de aparente felicidad fuera de la rutina. Los propios espectadores imaginábamos al gusto de nuestras expectativas todo lo que no enseñaban las estrellas del celuloide. Que se exponían lo justo. Solo cuando tocaba en su filme anual, en su entrevista calculada y en su alfombra roja puntual. Y ya no las veíamos más. Pero las sentíamos todo el rato.. El glamour se teje en el suspense. Como el cine. Como la literatura. Hoy, en cambio, el misterio es menos misterio porque podemos ampliar cada foto y vídeo del Instagram de nuestras estrellas hasta ver sus legañas. No hay que esperar a la noche de los Oscar para saber cómo están, están todo el rato en nuestro propio bolsillo. Basta con prender el móvil.. Las redes sociales han traído la ventaja de ensanchar la pluralidad de voces que cuentan historias, pero su evolución hacia la sobredosis de información y pseudoinformación nos está frenando la capacidad de fantasear. Ay, fantasear. Era el último paso de la emoción del cine, que elaboraba el propio espectador: cuando corrían los títulos de crédito por la pantalla, nos secábamos disimuladamente las lágrimas de la cara y se prendían las luces de la sala. Entonces, empezaba la liturgia de rematar la vida de los personajes con nuestra capacidad de soñar despiertos. En los días posteriores al rito de ir al cine -y como no se podía rebobinar para rever la escena que tanto nos marcó-, las películas se iban macerando a la medida de las expectativas de nuestra cabeza. Los recuerdos se convertían en memoria a la que regresar, en emociones para siempre.. El cine con sus películas y con sus pompas era un ilusionante armisticio al bucle de la monotonía de los días. Y lo sigue siendo. La diferencia que, ahora mismo, está comprimido entre micro impactos audiovisuales, que convierten en hábito hasta la ficción especial, inesperada, única. También sucede con el glamour, que si se prodiga de más le acabamos descubriendo todas las costuras en el trajín de stories, tiktoks y selfies de nuestro propio ombligo. Fotos y más fotos que jamás volveremos a ver porque el carrete digital no tiene fin. Y, claro, la retentiva es más fugaz, pues la inundación de imágenes nos empuja a valorar menos la liturgia de la magia de la imagen. Estamos atrapados en el efecto dominó de unas redes sociales que nos hacen creer que perennemente hay otra imagen más para ti. Aunque solo sea un meme que llega tan rápido como se esfuma.
La gala de premios de Hollywood en tiempos de fastfood cultural.
Los Oscar ya no transmiten su épica de antaño. Porque hoy todo es épica. La hiperconexión digital nos ha llevado a una percepción constante de momentos históricos. Cada día, asistimos a un golpe de efecto que nos bebemos sedientos. Así también nos sorbemos las series y las películas. Cuando nos paramos a digerir una historia, irrumpe en nuestra retina la siguiente. No hay demasiado margen para almacenar recuerdos. Ni para comentarlos con los nuestros.. Las películas de hoy no son conversadas por la sociedad como los grandes estrenos de ayer. La ciudadanía había visto en el cine los grandes títulos que competían en la noche de Hollywood antes de la gala. Ahora suele ser al revés, lo que merma la implicación del público general con el show en sí. Incluso sentíamos que ganábamos o perdíamos con nuestra actriz favorita, que nos conquistaba por el glamour de permitirnos trasladarnos a otros mundos de aparente felicidad fuera de la rutina. Los propios espectadores imaginábamos al gusto de nuestras expectativas todo lo que no enseñaban las estrellas del celuloide. Que se exponían lo justo. Solo cuando tocaba en su filme anual, en su entrevista calculada y en su alfombra roja puntual. Y ya no las veíamos más. Pero las sentíamos todo el rato.. El glamour se teje en el suspense. Como el cine. Como la literatura. Hoy, en cambio, el misterio es menos misterio porque podemos ampliar cada foto y vídeo del Instagram de nuestras estrellas hasta ver sus legañas. No hay que esperar a la noche de los Oscar para saber cómo están, están todo el rato en nuestro propio bolsillo. Basta con prender el móvil.. Las redes sociales han traído la ventaja de ensanchar la pluralidad de voces que cuentan historias, pero su evolución hacia la sobredosis de información y pseudoinformación nos está frenando la capacidad de fantasear. Ay, fantasear. Era el último paso de la emoción del cine, que elaboraba el propio espectador: cuando corrían los títulos de crédito por la pantalla, nos secábamos disimuladamente las lágrimas de la cara y se prendían las luces de la sala. Entonces, empezaba la liturgia de rematar la vida de los personajes con nuestra capacidad de soñar despiertos. En los días posteriores al rito de ir al cine -y como no se podía rebobinar para rever la escena que tanto nos marcó-, las películas se iban macerando a la medida de las expectativas de nuestra cabeza. Los recuerdos se convertían en memoria a la que regresar, en emociones para siempre.. El cine con sus películas y con sus pompas era un ilusionante armisticio al bucle de la monotonía de los días. Y lo sigue siendo. La diferencia que, ahora mismo, está comprimido entre micro impactos audiovisuales, que convierten en hábito hasta la ficción especial, inesperada, única. También sucede con el glamour, que si se prodiga de más le acabamos descubriendo todas las costuras en el trajín de stories, tiktoks y selfies de nuestro propio ombligo. Fotos y más fotos que jamás volveremos a ver porque el carrete digital no tiene fin. Y, claro, la retentiva es más fugaz, pues la inundación de imágenes nos empuja a valorar menos la liturgia de la magia de la imagen. Estamos atrapados en el efecto dominó de unas redes sociales que nos hacen creer que perennemente hay otra imagen más para ti. Aunque solo sea un meme que llega tan rápido como se esfuma.
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