Mientras el país celebra que ya tiene ganador de liga, La 2 de RTVE repone un documental que no tiene fecha de caducidad. De hecho, parece que las reflexiones que cobija adquieren más valor con el paso de los años. Tal vez porque representa la memoria atenta en tiempos de viralidad acelerada, esa que nos deja aturdidos y, como consecuencia, olvidadizos.. Se trata de La Calaf, Intermediaria de Guardia (2024), dirigido por Víctor López, para TVE y TV3. Un imprescindible que no necesita cebos, sobresaltos o vender motos. No se distrae en la búsqueda de conflicto narrativo. El interés de la historia se construye en tomar el pulso al conocimiento desde los matices que aportan, desde los detalles de la experiencia que te descubre. Ahí siempre sobran las estridencias forzadas.. Con un documental sobre Rosa María Calaf no podía ser de otra manera. Máxima representante del periodismo televisivo, que entiende la palabra pero que, también, comprende la imagen. Los cincuenta y tres minutos con veintiséis segundos del capítulo congregan el legado de Calaf: el periodismo que escucha más que habla, la espontaneidad que no es incompatible con el rigor (“La ironía, la busco, porque creo que es una forma rápida de introducir determinados conceptos. La ironía que no es lo mismo que el sarcasmo”, dice) y el aplomo de la concreción, virtud en una sociedad sobrecargada de peroratas.. “El no dejar saber siempre ha sido una forma de dominar. Y tener a la ciudadanía distraída, atenta a lo anecdótico y a lo que no es relevante, evita que se concentre en las ideas. Y el campo de batalla siempre debe estar en las ideas. El periodismo tiene que contribuir a que el ciudadano no sea ignorante”, explica Rosa María que recalca su oficio de periodismo unido a su pasión de exploradora: “El viaje ha marcado mi vida y, para una niña, era como un regalo esa posibilidad de ver la realidad. No solo que te lean cuentos o te cuenten historias, sino que te permitan caminar, ver y oír por ti misma”.. Corresponsal en tantos lugares. Ha ejercido el oficio con la riqueza de radiografiar culturas tan diferentes. Algunas muy opacas. En Rusa era difícil encontrar información, lo opuesto, aparentemente, que en la corresponsalía de Estados Unidos. Aparentemente: “El exceso de supuesta información te frena, te complica casi tanto como la nula información”, subraya en un documental en el que insiste: “Sin cultura no hay información, sin cultura no hay nada”. También que “para poder comprender la política y la economía hay que entender la vida de las personas». Así enmarca el camino a seguir entre tanta arma de distracción masiva: «Lo que me gustaría es que la persona fuera el centro del interés, que la construcción fuera alrededor de la persona y sus derechos y que el periodismo y la educación fueran los dos grandes pilares que encaminaran esos logros”.. Sin embargo, la evolución de los medios de comunicación va anulando el reporterismo para convertirnos en replantes detrás de la pantalla. Y sin ojos en el terreno, es más fácil domesticarnos con emociones excitadas y argumentarios prefabricados. Calaf incide en el documental que “La tecnología, maravillosa que tenemos ahora, tiene que estar al servicio de un mejor contenido, no el contenido al servicio de la tecnología” y se preocupa por la inmediatez de los enfoques noticiosos: “El periodismo trituradora, en el que se ha ido convirtiendo la práctica periodística. Se cubren acontecimientos, pero no se cubren preacontecimientos. Es decir, precisas que a lo mejor se hubieran evitado que fueran crisis. Y postcrisis, que quizá nos enseñarían para que no hubiera otras crisis similares. O esa misma se repitiera”.. Escuchar a Rosa María Calaf empuja a cambiar la realidad. A superar las coletillas «pero es lo normal», «pero si todo el mundo lo hace así» para regresar a las ideas desprejuiciadas que siempre miran al infinito del mar. Como ella misma ejerce en el final de su documental, frente a la tranquilidad del Mediterráneo, con sus ojos repletos de la memoria entrenada por la curiosidad que siempre será el motor de la inteligencia humana: «Hace mucho tiempo, cuando hilvanaba mis primeros sueños, no sé quién y no sé dónde me dijo ‘si no esperas lo inesperado, nunca sucederá’. Y ha resultado ser muy cierto. Como lo es que los sueños hay que perseguirlos con ahínco y que los miedos, auténticos o malévolamente inculcados si eres mujer, hay que abatirlos. Decidí partir en busca de ver y de oír, de aprender y de compartir”.
La memoria de la experiencia de Calaf como antídoto a los ruidos que nos dejan distraídos en lo insustancial.
Mientras el país celebra que ya tiene ganador de liga, La 2 de RTVE repone un documental que no tiene fecha de caducidad. De hecho, parece que las reflexiones que cobija adquieren más valor con el paso de los años. Tal vez porque representa la memoria atenta en tiempos de viralidad acelerada, esa que nos deja aturdidos y, como consecuencia, olvidadizos.. Se trata de La Calaf, Intermediaria de Guardia (2024), dirigido por Víctor López, para TVE y TV3. Un imprescindible que no necesita cebos, sobresaltos o vender motos. No se distrae en la búsqueda de conflicto narrativo. El interés de la historia se construye en tomar el pulso al conocimiento desde los matices que aportan, desde los detalles de la experiencia que te descubre. Ahí siempre sobran las estridencias forzadas.. Con un documental sobre Rosa María Calaf no podía ser de otra manera. Máxima representante del periodismo televisivo, que entiende la palabra pero que, también, comprende la imagen. Los cincuenta y tres minutos con veintiséis segundos del capítulo congregan el legado de Calaf: el periodismo que escucha más que habla, la espontaneidad que no es incompatible con el rigor (“La ironía, la busco, porque creo que es una forma rápida de introducir determinados conceptos. La ironía que no es lo mismo que el sarcasmo”, dice) y el aplomo de la concreción, virtud en una sociedad sobrecargada de peroratas.. “El no dejar saber siempre ha sido una forma de dominar. Y tener a la ciudadanía distraída, atenta a lo anecdótico y a lo que no es relevante, evita que se concentre en las ideas. Y el campo de batalla siempre debe estar en las ideas. El periodismo tiene que contribuir a que el ciudadano no sea ignorante”, explica Rosa María que recalca su oficio de periodismo unido a su pasión de exploradora: “El viaje ha marcado mi vida y, para una niña, era como un regalo esa posibilidad de ver la realidad. No solo que te lean cuentos o te cuenten historias, sino que te permitan caminar, ver y oír por ti misma”.. Corresponsal en tantos lugares. Ha ejercido el oficio con la riqueza de radiografiar culturas tan diferentes. Algunas muy opacas. En Rusa era difícil encontrar información, lo opuesto, aparentemente, que en la corresponsalía de Estados Unidos. Aparentemente: “El exceso de supuesta información te frena, te complica casi tanto como la nula información”, subraya en un documental en el que insiste: “Sin cultura no hay información, sin cultura no hay nada”. También que “para poder comprender la política y la economía hay que entender la vida de las personas». Así enmarca el camino a seguir entre tanta arma de distracción masiva: «Lo que me gustaría es que la persona fuera el centro del interés, que la construcción fuera alrededor de la persona y sus derechos y que el periodismo y la educación fueran los dos grandes pilares que encaminaran esos logros”.. Sin embargo, la evolución de los medios de comunicación va anulando el reporterismo para convertirnos en replantes detrás de la pantalla. Y sin ojos en el terreno, es más fácil domesticarnos con emociones excitadas y argumentarios prefabricados. Calaf incide en el documental que “La tecnología, maravillosa que tenemos ahora, tiene que estar al servicio de un mejor contenido, no el contenido al servicio de la tecnología” y se preocupa por la inmediatez de los enfoques noticiosos: “El periodismo trituradora, en el que se ha ido convirtiendo la práctica periodística. Se cubren acontecimientos, pero no se cubren preacontecimientos. Es decir, precisas que a lo mejor se hubieran evitado que fueran crisis. Y postcrisis, que quizá nos enseñarían para que no hubiera otras crisis similares. O esa misma se repitiera”.. Escuchar a Rosa María Calaf empuja a cambiar la realidad. A superar las coletillas «pero es lo normal», «pero si todo el mundo lo hace así» para regresar a las ideas desprejuiciadas que siempre miran al infinito del mar. Como ella misma ejerce en el final de su documental, frente a la tranquilidad del Mediterráneo, con sus ojos repletos de la memoria entrenada por la curiosidad que siempre será el motor de la inteligencia humana: «Hace mucho tiempo, cuando hilvanaba mis primeros sueños, no sé quién y no sé dónde me dijo ‘si no esperas lo inesperado, nunca sucederá’. Y ha resultado ser muy cierto. Como lo es que los sueños hay que perseguirlos con ahínco y que los miedos, auténticos o malévolamente inculcados si eres mujer, hay que abatirlos. Decidí partir en busca de ver y de oír, de aprender y de compartir”.
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