El mundo no se acaba pero tampoco existe ya el que producía progreso en modo casi automático. Ahora la pregunta es qué clase de modelo construiremos Leer
El mundo no se acaba pero tampoco existe ya el que producía progreso en modo casi automático. Ahora la pregunta es qué clase de modelo construiremos Leer
Hay algo casi adictivo en la catástrofe. Hay rotos que nos llenan la intención mientras nos vacían el alma. Los telediarios lo saben. Los algoritmos lo saben. Y el cerebro humano, tallado durante milenios para detectar amenazas antes que oportunidades, lo sabe mejor que nadie. Cada mañana abrimos el teléfono y el mundo parece una hoguera. Puede ser la guerra de Irán, la inflación que no cede, las democracias que se cuartean, el primer trillonario de la historia mientras ochocientos millones sobreviven con menos de tres dólares al día. La pregunta que pocas veces nos hacemos con rigor es si esa sensación se corresponde con los datos. Pero claro ¿quién controla los datos? La respuesta, incómoda para los profetas del apocalipsis y para los optimistas de salón por igual, es que nadie tiene del todo razón.Empecemos por lo que es cierto y bueno, porque hay mucho. En 1990, el 37% de la humanidad vivía en pobreza extrema. Hoy ese porcentaje ronda el 10%, según los datos del Banco Mundial: de 2.300 millones de personas a 847 millones en apenas treinta y cinco años. La esperanza de vida global era de 65 años en 1990; hoy supera los 73. La mortalidad infantil se ha reducido a la mitad. La tasa de alfabetización alcanza niveles sin precedentes en la historia humana. Hace treinta años había 85 autocracias en el mundo y 23 guerras activas; el número de armas nucleares ha caído de 60.000 a menos de 13.000. Nada de esto es trivial. Es el mayor avance en bienestar humano jamás registrado, y ocurrió en su mayor parte en silencio, porque el progreso no tiene titular. Max Roser, el economista y estadístico de Oxford que fundó Our World in Data, lo formuló con astucia: los periódicos podrían haber publicado cada día durante veinticinco años el mismo titular, 137.000 personas salieron hoy de la pobreza extrema, y nunca lo publicaron. Esa historia no sangra. No lidera. Lo que ocupa su lugar es el ruido, la indignación como espectáculo, la angustia como algoritmo, la sensación permanente de que todo se derrumba justo cuando más cosas se sostienen.Y ahora lo que es cierto y malo. El Uppsala Conflict Data Program acaba de publicar sus datos para 2025: 65 conflictos activos, el mayor número desde la Segunda Guerra Mundial; 244.600 muertos en combate, la cifra más alta desde el genocidio de Ruanda. El V-Dem Institute, un gran proyecto académico de medición democrática del mundo, con más de 3.700 expertos en 179 países, concluye en su informe de 2026 que la calidad democrática global ha retrocedido a los niveles de 1978. Freedom House lleva veinte años consecutivos registrando deterioro de las libertades civiles. Hoy solo el 21% de la humanidad vive en países catalogados como libres, frente al 46% de hace dos décadas. Italia, el Reino Unido y los propios Estados Unidos figuran entre los nuevos países en proceso de autocratización. El ritmo de reducción de la pobreza, extraordinario entre 1990 y 2015, se ha frenado dramática
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