El verano de 2026 se ha quedado grabado a fuego a los ciudadanos de muchos países europeos por la sucesión de olas de calor, sequías en los grandes ríos del continente e incendios incontrolados, todo ello de la mano de un calentamiento global que avanza imparable hasta la fecha. Y, según un grupo de científicos del Imperial College London y de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, este verano se puede considerar además el que ha acumulado más muertes asociadas a las altas temperaturas en Europa en al menos los últimos 26 años, superando a 2003 y 2022, que ostentaban hasta ahora ese récord.. Seguir leyendo
Una investigación calcula que el 65% de esas muertes estimadas en 854 áreas urbanas se deben al cambio climático causado por el ser humano
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El verano de 2026 se ha quedado grabado a fuego a los ciudadanos de muchos países europeos por la sucesión de olas de calor, sequías en los grandes ríos del continente e incendios incontrolados, todo ello de la mano de un calentamiento global que avanza imparable hasta la fecha. Y, según un grupo de científicos del Imperial College London y de la London School of Hygiene & Tropical Medicine, este verano se puede considerar además el que ha acumulado más muertes asociadas a las altas temperaturas en Europa en al menos los últimos 26 años, superando a 2003 y 2022, que ostentaban hasta ahora ese récord.
Para llegar a esta conclusión, que estos científicos recogen en dos artículos en Nature Health —uno publicado ya y el otro que se publicará la próxima semana—, los expertos han analizado los datos de 854 grandes áreas urbanas de 30 países —los 27 miembros de la UE además de Reino Unido, Noruega y Suiza—. Y llegan a la conclusión de que en estas ciudades, en las que reside alrededor del 40% de la población de esos 30 Estados —173 millones de personas—, se registró un exceso de mortandad relacionada con las altas temperaturas de 50.391 personas durante los meses de junio, julio y agosto. Es una “carga de mortalidad sustancialmente mayor que las estimaciones en el mismo conjunto de ciudades dentro del mismo marco analítico para otros veranos de referencia”, como el de 2022 (29.480 fallecimientos) y 2003 (28.462). Es, además, el doble de lo ocurrido en el también caluroso verano de 2025, cuando la cifra ascendió a 24.572, según detallan.
Algunos países tienen ya un historial amplio en la difusión de datos de fallecimientos vinculados a las altas temperaturas, como es el caso de España, que desde 2015 publica estas cifras. Pero en otros, este verano por primera vez han empezado los Gobiernos a difundir datos casi en tiempo real de estimaciones de fallecimientos ligados a este calor extraordinario registrado de la mano de varias olas de calor. Pero en todos los casos —tanto en el de los Gobiernos como en el de estos dos estudios— se trata de aproximaciones estadísticas que ligan el incremento de la mortandad y las altas temperaturas, porque rara vez aparece en la causa última de defunción el calor directamente. Los expertos en salud pública suelen explicar que esas altas temperaturas lo que hacen es agravar otras dolencias hasta causar finalmente la muerte.
En el caso de estos dos recientes estudios, los autores parten de los datos de temperaturas registradas durante esos tres meses en las 854 áreas urbanas seleccionadas y los datos históricos de mortalidad asociada al calor en esas mismas ciudades y calculan ese posible número de fallecimientos. Para el caso de España, donde han seleccionado 90 grandes poblaciones en las que viven 20 millones de personas, los autores cifran en 6.824 los fallecimientos vinculados al calor. Es una cifra mayor que las más de 5.100 muertes que se estimaban en el Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), del Instituto de Salud Carlos III y el Ministerio de Sanidad, para ese mismo periodo y el conjunto del país.
Malcolm Mistry, uno de los autores de la investigación, incide en que la “verdadera carga de la mortalidad debido al calor no se observa ni mide directamente”. “Por eso el calor suele llamarse un asesino silencioso”, advierte sobre esa falta de datos homogéneos en el mundo. Clair Barnes, la autora principal de la investigación, resalta de su trabajo no tanto la cifra global, sino la comparación que se ha realizado con los años anteriores “usando la misma metodología”. Y que les lleva a afirmar que este ha sido el verano más mortífero con una considerable diferencia respecto a 2003 y 2022.
Pero estos investigadores van otro paso más allá al analizar el papel que ha jugado el cambio climático en ese aumento de la mortalidad. “En total, unas 32.000 muertes, o el 65% de las que estimamos, pueden atribuirse al cambio climático inducido por el ser humano”, detalla Garyfallos Konstantinoudis, otro de los investigadores involucrados en este trabajo. A principios de siglo, ese calentamiento que se acelera al seguir en niveles récord las emisiones de efecto invernadero debido a la quema de combustibles fósiles era responsable del 40% de las muertes ligadas a las altas temperaturas en verano, según esta misma investigación.
Konstantinoudis explica que la carga de mortalidad es mayor entre los adultos de más edad: “Las personas mayores de 85 años representaban aproximadamente la mitad de las muertes estimadas”, 22.502, según el estudio. “Sin embargo, la mortalidad relacionada con el calor no se limitaba a las poblaciones mayores”, añade. También han estimado más de 800 muertes en el grupo de población de entre 20 y 44 años.
Casi un tercio de las muertes registradas en esta investigación ocurrieron durante “la intensa ola de calor entre el 17 de junio y el 1 de julio, cuando las temperaturas estuvieron de media 5,3 grados por encima de la media histórica reciente”. En términos generales, en las 854 ciudades analizadas, el verano fue de media alrededor de 2,4 grados más caluroso que la media del periodo comprendido entre 1991 y 2020. Pero algunos días la anomalía llegó a los 7,3 grados. Por regiones, las mayores anomalías diarias se produjeron en Europa occidental y oriental, con algunos países llegando hasta los 12 grados por encima de lo normal.
Los autores advierten de la necesidad de ponerle coto al calentamiento, que irremediablemente pasa por dejar atrás los combustibles fósiles. “Sin un rápido avance hacia emisiones netas cero que frene la tasa de calentamiento, la carga sanitaria derivada del calentamiento causado por el ser humano seguirá aumentando, ejerciendo una presión creciente sobre los sistemas de salud pública”, advierte este grupo de expertos. Y eso es algo que ya está ocurriendo, como explica el doctor británico Andrew Hartle: “En el Reino Unido, el verano es históricamente el momento más tranquilo para nuestro servicio sanitario. Sin embargo, este verano hubo una demanda y una tensión similares a una temporada viral invernal realmente mala”. Y añade: “Gran parte del complejo hospitalario del Reino Unido en gran medida no está diseñado para soportar estas temperaturas”.
