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Sánchez maneja con la destreza propia de los trileros su recurso habitual: voltea la realidad y los acontecimientos y plantea sus hechos alternativos. Con ellos construye un relato ficticio pero impactante, tripero y sentimental. Su inventiva de casquería resulta creíble para sus feligreses, que esperan, tiesas de razón, oír únicamente sus palabras fetiche. Ayer fue «recortes». Así que el avance hacia atrás mostrado por Sánchez en Tarragona consistió en culpar a Rajoy y no a Ayuso de los accidentes mortales bajo su mandato sin Presupuestos. La Fiscalía europea investiga las tragedias de Adamuz y Urda y sospecha que las cúpulas de Adif -que mordió y aseguró su bonus mientras se retiraban todavía cadáveres del terraplén y los extraía de los amasijos- y Sánchez emplearon fraudulentamente y desviaron fondos europeos.. Sánchez se presentó ayer con el perfil del digno gestor y protector de los servicios públicos frente a la «ultraderecha». Un día antes, en Valencia, Diana Morant se propulsó hacia el patetismo y vociferó desaforada: «¡Nos tenemos que hacer cargo del dolor de la gente, claro que sí!». Ese «claro que sí» no generó un eco cósmico que precediera un abrumador silencio, sino que catapultó a la audiencia hacia el éxtasis. En su inquietante alarido yacía la «dignidad», extraviada desde sus inicios al frente del Ministerio, de Puente, reivindicada también por Sánchez. Una de las distintas versiones sobre la dimisión del ex ministro distribuidas por La Moncloa -todas a la vez- sostiene que Sánchez no era partidario de que Puente actuara con la «dignidad» que le reconocen sus correligionarios. Total, que Sánchez se cargó a Puente.. Sánchez tiene un atributo: recoge el guante. Juega con ventaja. Es un escapista. O sea, su atributo es que parece que recoge el guante de los asuntos que Feijóo trata de incluir en la agenda de campaña aunque en realidad desvía la atención sin afrontarlos. Simuló que defendió y mitineó sobre la calidad de los servicios públicos pero simplemente los citó y se esfumó envuelto en su nube de dióxido ideológico. Entre Lula y Trump, escoge siempre el Grupo de Puebla. Como Belarra lo llamó «señor de la guerra», Sánchez se erigió en el señor de la paz y «faro contra la guerra». Sánchez le habla al mundo desde su insignificante margen.. «Se han tardado 15 años en revertir los recortes en materia ferroviaria», propagó Sánchez como lección de Urda. «Hemos dado la cara», subrayó sin desarrollar la idea. Frases cortas, encadenadas, pesadas; ni siquiera silogísticas, como hacían Iglesias o Errejón, recuperadores hace más de una década de los sofismas y falacias soltadas a toda velocidad. Sánchez ofrece en esta campaña carne cruda. Sánchez resoplará resignado: hubiese preferido la mermelada -en Perú, mermelada es sinónimo de mordida- del amor. En cualquier caso, todo en él es ideología, si bien, con la confitura mantenía al partido ternerón y bajo un narcótico secuestro emocional; con el hígado y las mollejas lo mantiene en trance y también en la inopia. Acelera la campaña hacia donde hubiese llegado igual: al extremo «zurdo» del que ya presume porque en ese espacio se juega su futuro, el 29-N y después.
España // elmundo
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