“-¿Has estado a gusto? -Encantada de la vida, Aimar”. La cámara ya no enfoca a los protagonistas del programa. Los títulos de crédito ya han aparecido a los pies de la pantalla. Incluso las luces se han atenuado. Aún más. Pero el micrófono persevera abierto y enseña la última pregunta de Aimar Bretos a la tercera invitada de su noche, la uróloga Blanca Madurga.. Es la banda sonora de la cordialidad, que creímos en peligro de extinción y sintetiza el camino contracorriente que emprende La noche de Aimar. De hecho, habrá gurús de los despachos televisivos que sentenciarán que el programa está demasiado desnudo de impactos audiovisuales para la televisión de hoy. Una conversación sin pantallas de led sobrecargadas de vídeos, sin rótulos recalcando titulares llamativos del invitado, sin imágenes de archivo interrumpiendo a los entrevistados y con un público en sombra, que apenas se mueve. Solo dos personas entrenando la complicidad de conocerse para entenderse. Eso tampoco vende, dicen.. Aunque el futuro de la televisión irá por ahí, por el comprenderse más que enfrentarse. Con una duración de programas más breve y horarios menos trasnochados, terminaremos acudiendo allá donde exista la autoría de la elaboración audiovisual que no permite la celeridad, individualismo y anonimato de contenidos que devoramos en las redes sociales y aplicaciones móviles. Será una reacción a la hiperconexión digital que nos ha arrastrado a un agotamiento colectivo. Porque las imágenes van más rápido que las ideas y, ahora, cuando estás procesando una imagen, irrumpe la siguiente y tapa la anterior. Nos quedamos en un estado de aturullamiento que nos hace más manipulables mientras nos creemos más informados. Un efecto perverso que el propio Aimar ha subrayado en sus primeros segundos en La Sexta, antes de entrevistar a Pepe Sacristán y a Juan Diego Botto: “Vivimos en una sociedad que nos obliga a reaccionar casi antes de interiorizar lo que hemos escuchado. Nuestra atención se diluye en conversaciones que son cada vez más frágiles y se interrumpen cuando llega el siguiente estímulo”.. Así el plató de Aimar, instalado en el que antaño fue el hall del gigante teatro de Sorpresa, Sorpresa, se transforma en una especie de refugio que intenta reducir estímulos y recupera una escenografía libre de pantallas. El fondo es un ciclorama, una teatral tela tensa que ejerce de cielo donde pintar palabras e ideas. Como en La noche abierta de Pedro Ruiz. La diferencia es que aquel prime time de La 2 era un directo impregnado de la respiración de la audiencia. Con planos de reacción del público y las preguntas de los estudiantes de periodismo. Aquí, en cambio, todo el peso recae en la mesa de la entrevista, que a muchos remitirá a la disposición de los perros verdes y ratones colorados de Jesús Quintero. Con los dos micrófonos a cada lado de la tabla. Con las miradas en un primer plano que habla más que tantas bocas. Con la vida que trasciende el fugaz presente porque la charla no se queda atrapada en la inmediatez de la polémica de la jornada.. Al final, el formato de La Noche de Aimar es Aimar. Su estilo habitual lo impregna todo: parece tener claro lo que quiere ser y lo que no quiere ser. También en la tele, donde ahora se desvela la expresividad de su sonrisa. Que no se ve en la radio, aunque se siente.. En cada paso que damos en el día a día, asistimos a una amplia gama de sonrisas. De mofa, de chulería, de condescendencia, de cortesía, de complicidad… Y, luego, está la sonrisa que representa la comunicación no verbal de Aimar: la sonrisa de la curiosidad atenta, la emoción de descubrir. Tal vez como antídoto a la contagiosa avaricia de los que siempre quieren que les den la razón.
Un programa que requiere escuchar más que ver.
“-¿Has estado a gusto? -Encantada de la vida, Aimar”. La cámara ya no enfoca a los protagonistas del programa. Los títulos de crédito ya han aparecido a los pies de la pantalla. Incluso las luces se han atenuado. Aún más. Pero el micrófono persevera abierto y enseña la última pregunta de Aimar Bretos a la tercera invitada de su noche, la uróloga Blanca Madurga.. Es la banda sonora de la cordialidad, que creímos en peligro de extinción y sintetiza el camino contracorriente que emprende La noche de Aimar. De hecho, habrá gurús de los despachos televisivos que sentenciarán que el programa está demasiado desnudo de impactos audiovisuales para la televisión de hoy. Una conversación sin pantallas de led sobrecargadas de vídeos, sin rótulos recalcando titulares llamativos del invitado, sin imágenes de archivo interrumpiendo a los entrevistados y con un público en sombra, que apenas se mueve. Solo dos personas entrenando la complicidad de conocerse para entenderse. Eso tampoco vende, dicen.. Aunque el futuro de la televisión irá por ahí, por el comprenderse más que enfrentarse. Con una duración de programas más breve y horarios menos trasnochados, terminaremos acudiendo allá donde exista la autoría de la elaboración audiovisual que no permite la celeridad, individualismo y anonimato de contenidos que devoramos en las redes sociales y aplicaciones móviles. Será una reacción a la hiperconexión digital que nos ha arrastrado a un agotamiento colectivo. Porque las imágenes van más rápido que las ideas y, ahora, cuando estás procesando una imagen, irrumpe la siguiente y tapa la anterior. Nos quedamos en un estado de aturullamiento que nos hace más manipulables mientras nos creemos más informados. Un efecto perverso que el propio Aimar ha subrayado en sus primeros segundos en La Sexta, antes de entrevistar a Pepe Sacristán y a Juan Diego Botto: “Vivimos en una sociedad que nos obliga a reaccionar casi antes de interiorizar lo que hemos escuchado. Nuestra atención se diluye en conversaciones que son cada vez más frágiles y se interrumpen cuando llega el siguiente estímulo”.. Así el plató de Aimar, instalado en el que antaño fue el hall del gigante teatro de Sorpresa, Sorpresa, se transforma en una especie de refugio que intenta reducir estímulos y recupera una escenografía libre de pantallas. El fondo es un ciclorama, una teatral tela tensa que ejerce de cielo donde pintar palabras e ideas. Como en La noche abierta de Pedro Ruiz. La diferencia es que aquel prime time de La 2 era un directo impregnado de la respiración de la audiencia. Con planos de reacción del público y las preguntas de los estudiantes de periodismo. Aquí, en cambio, todo el peso recae en la mesa de la entrevista, que a muchos remitirá a la disposición de los perros verdes y ratones colorados de Jesús Quintero. Con los dos micrófonos a cada lado de la tabla. Con las miradas en un primer plano que habla más que tantas bocas. Con la vida que trasciende el fugaz presente porque la charla no se queda atrapada en la inmediatez de la polémica de la jornada.. Al final, el formato de La Noche de Aimar es Aimar. Su estilo habitual lo impregna todo: parece tener claro lo que quiere ser y lo que no quiere ser. También en la tele, donde ahora se revela la expresividad de su sonrisa. Queno se ve en la radio, aunque se siente.. En cada paso que damos en el día a día, asistimos a una amplia gama de sonrisas. De mofa, de chulería, de condescendencia, de cortesía, de complicidad… Y, luego, está la sonrisa que representa la comunicación no verbal de Aimar: la sonrisa de la curiosidad atenta, la emoción de descubrir. Tal vez como antídoto a la contagiosa avaricia de los que siempre quieren que les den la razón.
20MINUTOS.ES – Televisión
