Que Mario Vaquerizo defienda públicamente a Julio Iglesias no sorprende. Tampoco que lo haga Ana García Obregón. Sabes lo que van a decir incluso antes de abrir la boca. Su opinión al respecto no tiene ningún valor, pero entretiene en la comidilla nacional. De hecho, la manera en la que se protege o denosta a unos y a otros realiza una radiografía de la sociedad simplificada en trincheras en la que estamos inmersos.. La intensidad con la que consumimos las redes sociales nos han llevado a interpretar todo según el bando en el que se supone que estés. Los matices que construyen la vida son menos relevantes. O eso parece. Porque en los protocolos de la viralidad las apariencias efectistas son más decisivas que la compleja realidad.. Así vamos dejando de ser ciudadanos críticos para convertirnos en forofos o militantes que vitoreamos a los que “sentimos nuestros”, hagan lo que hagan. Muy humano y, en parte, muy consecuencia de unas redes sociales que nos animan a devorar la actualidad con la misma intensidad del fan incondicional de un equipo de fútbol en una final de la Eurocopa. Lo que propicia que cerremos filas con los que interiorizamos que visten nuestra camiseta. Incluso independientemente de la calidad con la que practiquen el deporte. Si lo hace tu equipo no es penalti. Si te lo hacen a ti, sí.. La conversación pública se ha futbolizado en todas sus áreas, de las más triviales a los sucesos más crudos. No me digas qué, dime quién para ovacionarlo o culpabilizarlo. Sin medias tintas.. Lo que nos hace más previsibles y, por tanto, más dóciles. Y los que se salen del patrón pronosticable, porque dudan e intentan entender más allá de proclamas, terminan recibiendo reprobación de todos los lados. A ellos nadie les defenderá. Al contrario, son señalados porque no dan la razón a los previsibles deseos de hooligan. Le pasa también a Mario Vaquerizo cuando se sale del guion del prejuicio que esperan de él y se suman a sus habituales haters aquellos que supuestamente eran «aliados».. Lo que ha propiciado un pavor en referentes públicos a ser entrevistado o comunicar en sus perfiles sociales. Temen que cualquier comentario se saque de contexto para azuzar el show del conflicto constante. El motivo que nos ha traído hasta aquí: la sabiduría importa menos que la conspiración y, para destacar entre tanto impacto, el atajo que posiciona es lanzarse al rimbombante histrionismo. Caiga quien caiga. El golpe en la mesa parece la única opción para calar en las redes. Es fácil, es polémico, es llamativo. Te aplaudirán mucho unos, te denostarán mucho otros. Pero todos te mirarán y arrasarás en likes. Es el mundo al revés de la era de Trump, donde se duda de la ciencia y se da autoridad al vendedor de crecepelo. Los algoritmos que dictan lo que se promociona y lo que se tapa bailan el agua al carácter arrollador del presidente norteamericano. Como consecuencia, se contagia la sensación colectiva de que la serenidad está en peligro de extinción. Pero no, simplemente es que no la vemos. Porque estamos en un frenético sistema viral que premia la idea simple y esconde al que huye de la demagogia instantánea. Y, claro, las personas profundamente libres terminan marchándose de los espacios de debate online. Se sienten solas, en un estadio en el que todos necesitan gritar pero quieren escuchar poco.
El retorcimiento del debate público.
Que Mario Vaquerizo defienda públicamente a Julio Iglesias no sorprende. Tampoco que lo haga Ana García Obregón. Sabes lo que van a decir incluso antes de abrir la boca. Su opinión al respecto no tiene ningún valor, pero entretiene en la comidilla nacional. De hecho, la manera en la que se protege o denosta a unos y a otros realiza una radiografía de la sociedad simplificada en trincheras en la que estamos inmersos.. La intensidad con la que consumimos las redes sociales nos han llevado a interpretar todo según el bando en el que se supone que estés. Los matices que construyen la vida son menos relevantes. O eso parece. Porque en los protocolos de la viralidad las apariencias efectistas son más decisivas que la compleja realidad.. Así vamos dejando de ser ciudadanos críticos para convertirnos en forofos o militantes que vitoreamos a los que “sentimos nuestros”, hagan lo que hagan. Muy humano y, en parte, muy consecuencia de unas redes sociales que nos animan a devorar la actualidad con la misma intensidad del fan incondicional de un equipo de fútbol en una final de la Eurocopa. Lo que propicia que cerremos filas con los que interiorizamos que visten nuestra camiseta. Incluso independientemente de la calidad con la que practiquen el deporte. Si lo hace tu equipo no es penalti. Si te lo hacen a ti, sí.. La conversación pública se ha futbolizado en todas sus áreas, de las más triviales a los sucesos más crudos. No me digas qué, dime quién para ovacionarlo o culpabilizarlo. Sin medias tintas.. Lo que nos hace más previsibles y, por tanto, más dóciles. Y los que se salen del patrón pronosticable, porque dudan e intentan entender más allá de proclamas, terminan recibiendo reprobación de todos los lados. A ellos nadie les defenderá. Al contrario, son señalados porque no dan la razón a los previsibles deseos de hooligan. Le pasa también a Mario Vaquerizo cuando se sale del guion del prejuicio que esperan de él y se suman a sus habituales haters aquellos que supuestamente eran «aliados».. Lo que ha propiciado un pavor en referentes públicos a ser entrevistado o comunicar en sus perfiles sociales. Temen que cualquier comentario se saque de contexto para azuzar el show del conflicto constante. El motivo que nos ha traído hasta aquí: la sabiduría importa menos que la conspiración y, para destacar entre tanto impacto, el atajo que posiciona es lanzarse al rimbombante histrionismo. Caiga quien caiga. El golpe en la mesa parece la única opción para calar en las redes. Es fácil, es polémico, es llamativo. Te aplaudirán mucho unos, te denostarán mucho otros. Pero todos te mirarán y arrasarás en likes. Es el mundo al revés de la era de Trump, donde se duda de la ciencia y se da autoridad al vendedor de crecepelo. Los algoritmos que dictan lo que se promociona y lo que se tapa bailan el agua al carácter arrollador del presidente norteamericano. Como consecuencia, se contagia la sensación colectiva de que la serenidad está en peligro de extinción. Pero no, simplemente es que no la vemos. Porque estamos en un frenético sistema viral que premia la idea simple y esconde al que huye de la demagogia instantánea. Y, claro, las personas profundamente libres terminan marchándose de los espacios de debate online. Se sienten solas, en un estadio en el que todos necesitan gritar pero quieren escuchar poco.
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