Después de tres semanas de intensos bombardeos, Netanyahu —el autor intelectual de esta guerra, mal que le pese a Trump— reconoce públicamente que no se puede derribar el régimen iraní desde el aire. Está bien que lo admita, pero se queda corto. Ni siquiera —y esto no lo dice él, pero es evidente para los demás— parece posible conseguir que los ayatolás dejen de lanzar misiles y drones sobre Israel y los países del Golfo que apoyan a los EEUU en sus operaciones contra Irán.. Piense el lector en Ucrania. Después de cuatro años de bombardeos rusos dirigidos contra su «complejo militar industrial» —o eso, al menos, dice Vladimir Putin— aumenta cada mes el número de drones y misiles que es capaz de producir. Es verdad que Israel, si se ve respaldado política y financieramente por los EEUU, puede lanzar ataques mucho más eficaces que Rusia. Sin embargo, muchos de los drones ucranianos se fabrican en sótanos particulares. ¿Cuántos millones de sótanos puede haber en Irán? ¿Cuántos puede destruir Israel sin que la opinión pública norteamericana empiece a exigir el final de la guerra?. Si al final los bombardeos son insuficientes, ¿qué puede hacer Netanyahu para ganar la guerra? La primera carta del primer ministro israelí ya se ha jugado y ha salido al revés. El ataque a las instalaciones gasísticas de South Pars, aparentemente mal meditado, amenazaba la principal fuente de recursos del régimen islámico. Pero quien quiera que mande en Teherán no se ha acobardado y ha devuelto el ataque precisamente contra la planta de Catar que comparte con Irán el mismo yacimiento.. Probablemente han sido los graves daños en estas instalaciones —y no la ignorancia de los objetivos de su aliado, inconcebible desde la perspectiva política y aún más desde la óptica militar— los que han obligado a Donald Trump a «negar todo conocimiento» y prometer que no se atacarán más los intereses económicos del criminal régimen islámico. Me ahorraré al respecto cualquier comentario en el terreno de la ética, algo que dejo para el lector, pero a nadie ha parecido importarle que las instalaciones destruidas por israelíes e iraníes sean civiles y estén tan protegidas por los Convenios de Ginebra como las centrales eléctricas de Ucrania.. Una segunda alternativa que Netanyahu ha sugerido para hacer caer al régimen es el empleo de fuerzas terrestres. Si se refiere a las incursiones de unidades de operaciones especiales, de las que pocas han resultado más vistosas que la captura de Maduro en Venezuela, es posible que veamos algunas durante esta guerra. Cuando salen bien —Israel tiene un historial brillante en este terreno— las hazañas de estas tropas de élite consiguen efectos espectaculares en el nivel táctico. Sin embargo, los efectos de estas incursiones en el nivel estratégico no se diferenciarán mucho de los de los bombardeos. Irán, como ya parece obvio, no es Venezuela.. Si, por el contrario, Netanyahu sugiere la posibilidad de una invasión, solo podemos interpretar sus palabras como propaganda política. Él sabe que Israel no puede hacerlo solo… pero tampoco quiere. No puede ignorar que, por muchas batallas que gane, esa guerra no la puede ganar. Después de años de combates más allá de los límites del derecho internacional, que han erosionado la imagen de Tel Aviv en casi todo el mundo, el poderoso ejército israelí ni siquiera ha conseguido desarmar a Hamás o Hezbolá, hormigas al lado del gigante iraní.. Si viviéramos en el mundo de la razón, habría llegado el momento de que Trump recordara sus promesas electorales y priorizara los intereses norteamericanos sobre el sueño de ganar una batalla épica en el estrecho de Ormuz. Habría llegado el momento de que se diera cuenta de que seguir a Netanyahu no le ha llevado a ningún sitio. Incluso la lógica de la guerra, tan ajena al movimiento MAGA, aconseja que, cuando uno ha sacado toda la ventaja posible de su poder militar, se centre en la manera de obtener beneficios políticos.. La negociación directa entre Washington y Teherán, con luz y taquígrafos, parece imposible a estas alturas. Tanto para Trump como para el régimen islámico sería una derrota política. Pero todavía está abierta la posibilidad de una salida airosa similar a la de la guerra de los Doce Días, en la que todos podrían salvar la cara. Una salida que, al cabo de unos meses, quizá podría llevar a unos y a otros a la mesa de negociaciones con mejores perspectivas que en ocasiones anteriores. Es de esperar que tanto Trump —que después del éxito en Venezuela habrá empezado a reconocer los límites del poder militar— como la teocracia iraní, magullada tras los duros bombardeos, hayan aprendido algo de lo ocurrido. Y, si por desgracia no es así, siempre están a tiempo de volver a empezar.
«Si viviéramos en el mundo de la razón, habría llegado el momento de que Trump recordara sus promesas electorales y priorizara los intereses norteamericanos sobre el sueño de ganar una batalla épica.»
20MINUTOS.ES – Internacional
Después de tres semanas de intensos bombardeos, Netanyahu —el autor intelectual de esta guerra, mal que le pese a Trump— reconoce públicamente que no se puede derribar el régimen iraní desde el aire. Está bien que lo admita, pero se queda corto. Ni siquiera —y esto no lo dice él, pero es evidente para los demás— parece posible conseguir que los ayatolás dejen de lanzar misiles y drones sobre Israel y los países del Golfo que apoyan a los EEUU en sus operaciones contra Irán.. Piense el lector en Ucrania. Después de cuatro años de bombardeos rusos dirigidos contra su «complejo militar industrial» —o eso, al menos, dice Vladimir Putin— aumenta cada mes el número de drones y misiles que es capaz de producir. Es verdad que Israel, si se ve respaldado política y financieramente por los EEUU, puede lanzar ataques mucho más eficaces que Rusia. Sin embargo, muchos de los drones ucranianos se fabrican en sótanos particulares. ¿Cuántos millones de sótanos puede haber en Irán? ¿Cuántos puede destruir Israel sin que la opinión pública norteamericana empiece a exigir el final de la guerra?. Si al final los bombardeos son insuficientes, ¿qué puede hacer Netanyahu para ganar la guerra? La primera carta del primer ministro israelí ya se ha jugado y ha salido al revés. El ataque a las instalaciones gasísticas de South Pars, aparentemente mal meditado, amenazaba la principal fuente de recursos del régimen islámico. Pero quien quiera que mande en Teherán no se ha acobardado y ha devuelto el ataque precisamente contra la planta de Catar que comparte con Irán el mismo yacimiento.. Probablemente han sido los graves daños en estas instalaciones —y no la ignorancia de los objetivos de su aliado, inconcebible desde la perspectiva política y aún más desde la óptica militar— los que han obligado a Donald Trump a «negar todo conocimiento» y prometer que no se atacarán más los intereses económicos del criminal régimen islámico. Me ahorraré al respecto cualquier comentario en el terreno de la ética, algo que dejo para el lector, pero a nadie ha parecido importarle que las instalaciones destruidas por israelíes e iraníes sean civiles y estén tan protegidas por los Convenios de Ginebra como las centrales eléctricas de Ucrania.. Una segunda alternativa que Netanyahu ha sugerido para hacer caer al régimen es el empleo de fuerzas terrestres. Si se refiere a las incursiones de unidades de operaciones especiales, de las que pocas han resultado más vistosas que la captura de Maduro en Venezuela, es posible que veamos algunas durante esta guerra. Cuando salen bien —Israel tiene un historial brillante en este terreno— las hazañas de estas tropas de élite consiguen efectos espectaculares en el nivel táctico. Sin embargo, los efectos de estas incursiones en el nivel estratégico no se diferenciarán mucho de los de los bombardeos. Irán, como ya parece obvio, no es Venezuela.. Si, por el contrario, Netanyahu sugiere la posibilidad de una invasión, solo podemos interpretar sus palabras como propaganda política. Él sabe que Israel no puede hacerlo solo… pero tampoco quiere. No puede ignorar que, por muchas batallas que gane, esa guerra no la puede ganar. Después de años de combates más allá de los límites del derecho internacional, que han erosionado la imagen de Tel Aviv en casi todo el mundo, el poderoso ejército israelí ni siquiera ha conseguido desarmar a Hamás o Hezbolá, hormigas al lado del gigante iraní.. Si viviéramos en el mundo de la razón, habría llegado el momento de que Trump recordara sus promesas electorales y priorizara los intereses norteamericanos sobre el sueño de ganar una batalla épica en el estrecho de Ormuz. Habría llegado el momento de que se diera cuenta de que seguir a Netanyahu no le ha llevado a ningún sitio. Incluso la lógica de la guerra, tan ajena al movimiento MAGA, aconseja que, cuando uno ha sacado toda la ventaja posible de su poder militar, se centre en la manera de obtener beneficios políticos.. La negociación directa entre Washington y Teherán, con luz y taquígrafos, parece imposible a estas alturas. Tanto para Trump como para el régimen islámico sería una derrota política. Pero todavía está abierta la posibilidad de una salida airosa similar a la de la guerra de los Doce Días, en la que todos podrían salvar la cara. Una salida que, al cabo de unos meses, quizá podría llevar a unos y a otros a la mesa de negociaciones con mejores perspectivas que en ocasiones anteriores. Es de esperar que tanto Trump —que después del éxito en Venezuela habrá empezado a reconocer los límites del poder militar— como la teocracia iraní, magullada tras los duros bombardeos, hayan aprendido algo de lo ocurrido. Y, si por desgracia no es así, siempre están a tiempo de volver a empezar.
