“Tengo un cuaderno donde apunto los ligues. He tenido amantes de muchas partes del mundo. Entonces, me gusta apuntar su nombre y su nacionalidad”. La indignación asomaría si estas palabras las hubiera pronunciado Bertín Osborne. Pero no ha sido Bertín, la enumeración es de David Uclés. Se lo contó a Silvia Abril en I ara què?, de La 2.. “¿Y guardas los teléfonos?”, pregunta ella con la inteligencia de la buena cómica. Así se dulcifica la historia. “No, no… Guardo un nude y su nombre”, bromea el escritor.. “Dime, un país”, reta Uclés. “Islandia”, propone Silvia. “Tuve uno”, confirma Uclés. Cómo no. “¿Un pingüino?”, ironiza Silvia. Solo es una conversación de entretenimiento, no hay que darle más trascendencia. Pero, al final, hasta lo intrascendente va realizando una foto bastante precisa de cómo hemos sido educados en la fanfarronería de los hombretones que reducen personas a trofeos. Incluso recalcamos que no necesitamos el número de teléfono de aquellos con los que compartimos la complicidad de la libido. Como si una vez usado su contacto ya no valiera, pues solo fueron una pegatina más de un álbum de cromos que llamas libreta.. El feminismo nos ha hecho avanzar en sensibilidades. Una declaración como esta nos chirriaría en un hombre heterosexual. La propia Silvia Abril no hubiera sonreído. En cambio, no sucede en hombres homosexuales, pues sufrimos los retardos de la tragedia de la opresión. Tanto que ni siquiera personas envueltas en la bandera progresista se percatan de actos tan retrógrados como ponerte en televisión a sumar ligues cual Julio Iglesias en las entrevistas de los años noventa y dosmil.. Al menos, Uclés apunta el nombre del susodicho. Un detalle. Pero, probablemente, el mismo David, que se mueve muy bien en la visibilidad que otorga la controversia, hubiera criticado tal declaración si la soltara un Pérez Reverte. Pero no, esta vez, ha sido él. Somos contradictorios por naturaleza. El éxito de contar en público conquistas, como si las personas con las que estuviste fueran un souvenir, es una masculinidad transversal. Los hombres eran ovacionados por tales comentarios. Eran galanes, solteros de oro. Las mujeres, tradicionalmente, vilipendiadas. Eran P. Los roles de género nos han marcado bien adentro. Y la cultura machista continúa representada por risitas que traspasan identidades sexuales. La bravuconada es transversal. Y siempre ha tenido bastante de realismo mágico, de carne y hueso.
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“Tengo un cuaderno donde apunto los ligues. He tenido amantes de muchas partes del mundo. Entonces, me gusta apuntar su nombre y su nacionalidad”.La indignación asomaría si estas palabras las hubiera pronunciado Bertín Osborne. Pero no ha sido Bertín, la enumeración es de David Uclés. Se lo contó a Silvia Abril en I ara què?, de La 2.. “¿Y guardas los teléfonos?”, pregunta ella con la inteligencia de la buena cómica. Así se dulcifica la historia. “No, no… Guardo un nude y su nombre”, bromea el escritor.. “Dime, un país”, reta Uclés. “Islandia”, propone Silvia. “Tuve uno”, confirma Uclés. Cómo no. “¿Un pingüino?”, ironiza Silvia. Solo es una conversación de entretenimiento, no hay que darle más trascendencia. Pero, al final, hasta lo intrascendente va realizando una foto bastante precisa de cómo hemos sido educados en la fanfarronería de los hombretones que reducen personas a trofeos. Incluso recalcamos que no necesitamos el número de teléfono de aquellos con los que compartimos la complicidad de la libido. Como si una vez usado su contacto ya no valiera, pues solo fueron una pegatina más de un álbum de cromos que llamas libreta.. El feminismo nos ha hecho avanzar en sensibilidades. Una declaración como esta nos chirriaría en un hombre heterosexual. La propia Silvia Abril no hubiera sonreído. En cambio, no sucede en hombres homosexuales, pues sufrimos los retardos de la tragedia de la opresión. Tanto que ni siquiera personas envueltas en la bandera progresista se percatan de actos tan retrógrados como ponerte en televisión a sumar ligues cual Julio Iglesias en las entrevistas de los años noventa y dosmil.. Al menos, Uclés apunta el nombre del susodicho. Un detalle. Pero, probablemente, el mismo David, que se mueve muy bien en la visibilidad que otorga la controversia, hubiera criticado tal declaración si la soltara un Pérez Reverte. Pero no, esta vez, ha sido él. Somos contradictorios por naturaleza. El éxito de contar en público conquistas, como si las personas con las que estuviste fueran un souvenir, es una masculinidad transversal. Los hombres eran ovacionados por tales comentarios. Eran galanes, solteros de oro. Las mujeres, tradicionalmente, vilipendiadas. Eran P. Los roles de género nos han marcado bien adentro. Y la cultura machista continúa representada por risitas que traspasan identidades sexuales. La bravuconada es transversal. Y siempre ha tenido bastante de realismo mágico, de carne y hueso.
20MINUTOS.ES – Televisión
