En primero de carrera de periodismo ya te enseñan que el abuso de las músicas en un espacio informativo es una táctica de manipulación, pues azuzan la intensidad emocional hasta incluso paralizar la conciencia crítica del espectador.. Este uso lo hemos visto estos días: en programas como Mañaneros 360, donde la tragedia de Adamuz, tan cruda y con tantas víctimas, no ha frenado la utilización de bandas sonoras sensacionalistas desde la propia TVE. Músicas casi de película de terror. Músicas que no informan nada e impregnan a un grave accidente de la trivialización del morbo.. Y el problema añadido es que este uso se va naturalizando con un «es lo normal». Se contagia hasta a las televisiones públicas y, desde ellas, se defienden malas praxis afirmando que “así son competitivos”. Aunque esa «fortaleza», en realidad, esconda el empobrecimiento de una institución informativa y social. De hecho, en una buena crónica periodística, el sonido ambiente suele explicar bastante más que cualquier efecto de sonido. El micrófono abierto es la gran herramienta narrativa. Las fanfarrias son para las sintonías de los programas y las ráfagas que dividen temáticas noticiosas. Hoy, paradójicamente, las liturgias que servían para separar con ritmo la trascendencia de los contenidos están en desuso. Y la sugestión de las bases instrumentales se sobreutiliza.. El show va arrasando con la información. En televisión, formatos de entretenimiento se disfrazan de espacios de actualidad. Mientras proliferan presentadores con entonación más agresiva que asertiva. La autoría siempre es un valor para los programas, pero la mirada propia se está confundiendo con un impositivo tono de predicación que favorece el choque verbal frente a la digestión del dato y el orden tranquilo de ideas que representa el periodismo puro. Se ha comprado que la serenidad baja la cuota de pantalla. También que no «funcionan» los expertos. Mejor tirar de contertulios-todólogos famosos, que el público reconoce de un golpe de vista y encasilla en una ideología elemental. Hablan de todo y de nada. Sus argumentos son pronosticables por gruesos y porque siempre están sometidos a un argumentario ideológico simple.. El conocimiento en la materia ya no importa tanto. O tendrían más peso las entrevistas a estudiosos en cada tema o testimonios en primera persona de cada asunto. En cambio, se prefiere sostener el relato en los comentarios de un starsystem de tertulianos. Así se domestica mejor a la audiencia, pues se utiliza la técnica de programas del reality show donde el espectador asiste a la actualidad con la adrenalina del hincha de un partido de fútbol. Voy con este o voy con aquel. Incluso, en determinados formatos, el personalismo de analistas-celebrity se prioriza sobre la agenda informativa. Protagonismo que, al final, sirve para desviar el foco de las relevancias de la actualidad. A lo Sálvame. Se alimenta una trama en los contertulios y se proyecta la sensación de que únicamente se puede seguir, en exclusiva, dentro del mismo canal. Perfecto para la distracción colectiva que contempla la crónica noticiosa cual telenovela básica de buenos muy buenos y malos muy malos. Antagonismos siempre listos para retroalimentarse. Por ejemplo, este viernes, una anecdótica manifestación a favor de la colaboradora Sarah Santaolalla ocupó minutos de Mañaneros 360. En unas semanas como estas, de alto caudal de información esencial.. Con las artes del espectáculo -con sus músicas, sus épicas y sus artistas estelares-, se va fomentando una falsa imagen de pluralidad que capta la atención de convencidos. Pero el periodismo no es sacralizar. Aunque algunos tengan clarísimo que la televisión visible es sinónimo de vender la sensación constante de epopeya. Lo que es un detector para percatarse si se ejerce periodismo responsable o se busca el show de la tensión narrativa que nos deja turulatos. Al igual que la teletienda. Sin embargo, algo falla cuando el reclamo del mercader pasa por delante de la complejidad del rigor. El buen periodismo es el que huye de la condescendencia, esa misma que reduce al espectador a mero consumidor, para tratarnos como lo que somos: unos ciudadanos. Unos ciudadanos críticos.
El trágico accidente ferroviario en Adamuz ha mostrado técnicas morbosas del reality que se han ido contagiando a los programas de actualidad.
En primero de carrera de periodismo ya te enseñan que el abuso de las músicas en un espacio informativo es una táctica de manipulación, pues azuzan la intensidad emocional hasta incluso paralizar la conciencia crítica del espectador.. Este uso lo hemos visto estos días: en programas como Mañaneros 360, donde la tragedia de Adamuz, tan cruda y con tantas víctimas, no ha frenado la utilización de bandas sonoras sensacionalistas desde la propia TVE. Músicas casi de película de terror. Músicas que no informan nada e impregnan a un grave accidente de la trivialización del morbo.. Y el problema añadido es que este uso se va naturalizando con un «es lo normal». Se contagia hasta a las televisiones públicas y, desde ellas, se defienden malas praxis afirmando que “así son competitivos”. Aunque esa «fortaleza», en realidad, esconda el empobrecimiento de una institución informativa y social. De hecho, en una buena crónica periodística, el sonido ambiente suele explicar bastante más que cualquier efecto de sonido. El micrófono abierto es la gran herramienta narrativa. Las fanfarrias son para las sintonías de los programas y las ráfagas que dividen temáticas noticiosas. Hoy, paradójicamente, las liturgias que servían para separar con ritmo la trascendencia de los contenidos están en desuso. Y la sugestión de las bases instrumentales se sobreutiliza.. El show va arrasando con la información. En televisión, formatos de entretenimiento se disfrazan de espacios de actualidad. Mientras proliferan presentadores con entonación más agresiva que asertiva. La autoría siempre es un valor para los programas, pero la mirada propia se está confundiendo con un impositivo tono de predicación que favorece el choque verbal frente a la digestión del dato y el orden tranquilo de ideas que representa el periodismo puro. Se ha comprado que la serenidad baja la cuota de pantalla. También que no «funcionan» los expertos. Mejor tirar de contertulios-todólogos famosos, que el público reconoce de un golpe de vista y encasilla en una ideología elemental. Hablan de todo y de nada. Sus argumentos son pronosticables por gruesos y porque siempre están sometidos a un argumentario ideológico simple.. El conocimiento en la materia ya no importa tanto. O tendrían más peso las entrevistas a estudiosos en cada tema o testimonios en primera persona de cada asunto. En cambio, se prefiere sostener el relato en los comentarios de un starsystem de tertulianos. Así se domestica mejor a la audiencia, pues se utiliza la técnica de programas del reality show donde el espectador asiste a la actualidad con la adrenalina del hincha de un partido de fútbol. Voy con este o voy con aquel. Incluso, en determinados formatos, el personalismo de analistas-celebrity se prioriza sobre la agenda informativa. Protagonismo que, al final, sirve para desviar el foco de las relevancias de la actualidad. A lo Sálvame. Se alimenta una trama en los contertulios y se proyecta la sensación de que únicamente se puede seguir, en exclusiva, dentro del mismo canal. Perfecto para la distracción colectiva que contempla la crónica noticiosa cual telenovela básica de buenos muy buenos y malos muy malos. Antagonismos siempre listos para retroalimentarse. Por ejemplo, este viernes, una anecdótica manifestación a favor de la colaboradora Sarah Santaolalla ocupó minutos de Mañaneros 360. En unas semanas como estas, de alto caudal de información esencial.. Con las artes del espectáculo -con sus músicas, sus épicas y sus artistas estelares-, se va fomentando una falsa imagen de pluralidad que capta la atención de convencidos. Pero el periodismo no es sacralizar. Aunque algunos tengan clarísimo que la televisión visible es sinónimo de vender la sensación constante de epopeya. Lo que es un detector para percatarse si se ejerce periodismo responsable o se busca el show de la tensión narrativa que nos deja turulatos. Al igual que la teletienda. Sin embargo, algo falla cuando el reclamo del mercader pasa por delante de la complejidad del rigor. El buen periodismo es el que huye de la condescendencia, esa misma que reduce al espectador a mero consumidor, para tratarnos como lo que somos: unos ciudadanos. Unos ciudadanos críticos.
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