Imagínate que caminas por tu barrio y, frente a tu portal, te encuentras en el paso de peatones a una persona con la que has compartido momentos. Aunque tampoco la conoces demasiado. Pero se para ante ti, te mira y sus ojos se van inundando de lágrimas. Te explica que no está bien. Que tiene ansiedad. Necesita verbalizarlo contigo.. ¿Cómo actuarías en ese momento? Primera opción: La escucharías. La abrazarías. Incluso buscarías una palabra de ánimo, aunque sientas que no servirá de demasiado. O mejor aún: verbalizas un contundente “aquí estoy, cuenta conmigo”. Porque todos queremos que cuenten con nosotros. Segunda opción: “Te mereces todo el sufrimiento”, le dirías. Y, para rematar su dolor, lanzarías un puñado de insultos antes de salir corriendo.. ¿Cuál de las dos posibilidades te representa? La primera, ¿verdad? ¿Seguro? No lo parece. Al menos, al observar la reacción del personal con Lola Lolita. La influencer ha compartido en sus redes sociales un vídeo angustiada hablando de su salud mental. “No puedo más, necesito parar, aunque sea un poco, para cuidarme a mí misma, que creo que es lo más importante”. Pero ha tenido que suprimir los comentarios, pues los mensajes del odio han arrasado con los afectos desde la empatía.. Qué nos está pasando. Si nos encontráramos a Lola Lolita por la calle no actuaríamos así. Sin embargo, detrás de las pantallas nos deshumanizamos por completo. Consumimos la realidad como si las personas fueran personajes de una ficción y, al dirigirnos directamente a las celebrities, se nos olvidan por completo las reglas básicas de educación. Incluso la compasión salta por los aires.. La maldad ha dejado de dar vergüenza. El odio es el entretenimiento más accesible de nuestro tiempo y pisar al prójimo permite catar un sentimiento de superioridad a tantas vidas grises, distraídas pensándose más morales, más legítimas, más perfectas, más implacables. Aunque, en realidad, solo sean seres irritados escondidos detrás de un triste móvil. La diferencia es que antes el pasatiempo del comentario maquiavélico lo escupíamos detrás de la mirilla. Sobre todo resonaba en nuestra intimidad. Ahora, después de años escuchando a contertulios en los medios de comunicación decir «yo siempre digo las cosas a la cara», lo soltamos públicamente y a bocajarro en el perfil que es la casa del propio criticado. Sin la capacidad de ponernos en su lugar. Sin entender lo que duele la ferocidad de la gente que perdió la empatía por el scroll sin fin de TikTok e Instagram. Misma gente que en la calle jamás actuaría así. Porque cuando nos miramos a los ojos sí nos vemos reflejados.
Lola Lolita ha sufrido el odio en redes.
Imagínate que caminas por tu barrio y, frente a tu portal, te encuentras en el paso de peatones a una persona con la que has compartido momentos. Aunque tampoco la conoces demasiado. Pero se para ante ti, te mira y sus ojos se van inundando de lágrimas. Te explica que no está bien. Que tiene ansiedad. Necesita verbalizarlo contigo.. ¿Cómo actuarías en ese momento? Primera opción: La escucharías. La abrazarías. Incluso buscarías una palabra de ánimo, aunque sientas que no servirá de demasiado. O mejor aún: verbalizas un contundente “aquí estoy, cuenta conmigo”. Porque todos queremos que cuenten con nosotros. Segunda opción: “Te mereces todo el sufrimiento”, le dirías. Y, para rematar su dolor, lanzarías un puñado de insultos antes de salir corriendo.. ¿Cuál de las dos posibilidades te representa? La primera, ¿verdad? ¿Seguro? No lo parece. Al menos, al observar la reacción del personal con Lola Lolita. La influencer ha compartido en sus redes sociales un vídeo angustiada hablando de su salud mental. “No puedo más, necesito parar, aunque sea un poco, para cuidarme a mí misma, que creo que es lo más importante”. Pero ha tenido que suprimir los comentarios, pues los mensajes del odio han arrasado con los afectos desde la empatía.. Qué nos está pasando. Si nos encontráramos a Lola Lolita por la calle no actuaríamos así. Sin embargo, detrás de las pantallas nos deshumanizamos por completo. Consumimos la realidad como si las personas fueran personajes de una ficción y, al dirigirnos directamente a las celebrities, se nos olvidan por completo las reglas básicas de educación. Incluso la compasión salta por los aires.. La maldad ha dejado de dar vergüenza. El odio es el entretenimiento más accesible de nuestro tiempo y pisar al prójimo permite catar un sentimiento de superioridad a tantas vidas grises, distraídas pensándose más morales, más legítimas, más perfectas, más implacables. Aunque, en realidad, solo sean seres irritados escondidos detrás de un triste móvil.La diferencia es que antes el pasatiempo del comentario maquiavélico lo escupíamos detrás de la mirilla. Sobre todo resonaba en nuestra intimidad. Ahora, después de años escuchando a contertulios en los medios de comunicación decir «yo siempre digo las cosas a la cara», lo soltamos públicamente y a bocajarro en el perfil que es la casa del propio criticado. Sin la capacidad de ponernos en su lugar. Sin entender lo que duele la ferocidad de la gente que perdió la empatía por el scroll sin fin de TikTok e Instagram. Misma gente que en la calle jamás actuaría así. Porque cuando nos miramos a los ojos sí nos vemos reflejados.
20MINUTOS.ES – Televisión
