En el vídeo de Pantomima Full del 29 de mayo de 2026, el dúo cómico hace una divertida parodia sobre la edad media de los festivaleros y el lógico desgaste vital que los impide, ya sea por casarse, tener hijos o sencillamente dar prioridad a otros aspectos de su vida, consumir festivales con la misma predisposición y entusiasmo que una década atrás.. La pequeña pieza – es, por cierto, una colaboración pagada con BBK – se burla también de un tipo de consumidor de música comodón y establecido que, en una reunión con los amigos para planear la nueva cita veraniega, se queja de la «música nueva» y de que no traigan a las bandas manoseadas que a él le gustan; es una crítica muy poco sutil al gusto conservador que casi todo festivalero tiene, un tipo de consumidor de directo que no quiere descubrir artistas nuevos, sino escuchar a los que se sabe de memoria, a los que son para él un lugar tan seguro como el vientre primerizo de una madre, a los que le recuerdan a esos diez años atrás que el propio vídeo parodia, cuando todos eran más jóvenes y nadie se caía de la cita anual por tener que cuidar a un hijo: son consumidores de nostalgia, no de música.. La nostalgia es un sentimiento tan poderoso como controvertido que las industrias culturales saben rentabilizar con la maestría de un alquimista; desde el cine hasta el sector editorial, los empresarios culturales saben perfectamente qué fibras pinzar para despertar esta emoción en el consumidor objetivo y lograr que acuda al cine a ver una reposición de El señor de los anillos o a la librería a comprar una nueva edición de lujo de Harry Potter; es una emoción que despiertan vareando las fibras juveniles de la clientela, con gran resultado.. La industria de la música no es ajena a este truco mercadotécnico y ha aprendido cómo despertarnos. Por ejemplo, la última gira de La oreja de Van Gogh, con Amaia Montero al frente, encuentra su éxito en la nostalgia que despierta al viejo melómano que quizá no escucharía nunca a este grupo en casa de forma activa, pero sí pagaría una cantidad poco desdeñable de dinero para viajar 120 minutos al cada vez más lejano pasado de su juventud.. Los promotores han entendido este truco de la nostalgia y están apostando por festivales íntegros que reivindican ciertos momentos del pasado, como los eventos Love the 90`s y Love the Twenties, dos festivales que se celebrarán durante la primera quincena de junio en Madrid y cuyo curioso lema es «viaja al lugar donde eres feliz». De hecho, el segundo de los festivales, Love the Twenties, reivindica la primera década de los dos mil, un momento que parece demasiado cercano como para explotarlo desde la vía nostálgica.. «Si nada cambia, en veinte años tendremos festivales que rindan tributo al año 2026», explica Héctor García Barnés, autor del libro sobre nostalgia (y otras muchas cosas) Futurofobia y dj ocasional. «Creo que lo irónico de esto es que viene favorecido por un público que no vivió exactamente esa época. Me hace gracia que los centenials ahora mitifiquen los últimos noventa y primeros dos mil, cuando si lo vivías en el presente te parecía la peor época posible para la música».. Sin embargo, más allá de la deriva metafísica y el empuje nostálgico, incluso idílico, hay una cuestión crematística que empuja a los promotores a organizar festivales de este tipo: son muy baratos de producir y suelen tener unos márgenes de beneficio altos.. «No es lo mismo pagar el caché de un artista que ahora está en la palestra pública que el de uno que haya tenido vivido su momento de gloria hace treinta años», explica a 20minutos un promotor en activo especializado en rosters de música urbana. «Los cachés de muchos artistas están inflados, los suben adrede para los festivales. Como promotor, es normal que prefieras organizar un formato alternativo, con lo que llamaríamos viejas glorias, cuyo cabeza de cartel no te pida 300.000 euros. Te la juegas mucho menos», explica.. “Es una cuestión demográfica y, no olvidemos, económica”, apunta en la misma dirección García Barnés. “Son más [el público adulto], tienen más dinero y les gusta más gastarlo, así que son el público ideal para esta clase de festivales, sobre todo teniendo en cuenta que los jóvenes beben mucho menos. Y gran parte del dinero de estos eventos proviene de la barra”.. En España, cada verano se cuentan por decenas los festivales de primer nivel – sería imposible cuantificarlos todos – que se celebran a orillas del mar o en secarrales lejanos. Según datos de la SGAE, la industria festivalera tiene un impacto económico anual de unos 4.000 millones de euros entre desplazamientos, venta de entradas y alojamientos. Muchos de estos festivales comparten artistas y se calcan los carteles entre ellos para tratar de entrar en el canon, en el circuito de festivales, por lo que nuestro amigo promotor rompe una lanza a favor de estas citas de la nostalgia: «está bien que haya una oferta variada para todo el mundo, independientemente de que sean artistas más pasados de moda o casi retirados. Todos los carteles son casi siempre iguales porque cuatro o cinco agencias de management controlan el cotarro e imponen a sus artistas. Que rescaten a viejas glorias para un par de días no me parece mal».. «Hay pocos incentivos para ponerte a escuchar cosas nuevas llegada cierta edad», termina Héctor García Barnes cuando se le pide reflexionar sobre este fenómeno y la incapacidad de la mayoría de personas para salir de la zona de confort, para escuchar música nueva, para asistir a festivales que no protagonicen los mismos artistas de siempre, ya sean los actuales o los que coparon las viejas listas radiofónicas hace treinta años; la incapacidad, resumiendo, de no convertirnos en ese tipo que quiere a sus cuatro o cinco grupos de confianza y que tan bien parodia Pantomima Full. «Para la población general, la cultura pasa a ocupar una posición funcional, es un refugio frente al estrés y la presión de la vida cotidiana, y en el caso de la música, una excusa para la fiesta. No van ahí a oír sus canciones preferidas, sino a pegarse una juerga con canciones que le evocan sus primeros saraos. Y mañana será otro día».
Aparecen nuevos formatos de directo centrados en reivindicar los años ochenta, noventa e incluso dos mil
En el vídeo de Pantomima Full del 29 de mayo de 2026, el dúo cómico hace una divertida parodia sobre la edad media de los festivaleros y el lógico desgaste vital que los impide, ya sea por casarse, tener hijos o sencillamente dar prioridad a otros aspectos de su vida, consumir festivales con la misma predisposición y entusiasmo que una década atrás.. La pequeña pieza – es, por cierto, una colaboración pagada con BBK – se burla también de un tipo de consumidor de música comodón y establecido que, en una reunión con los amigos para planear la nueva cita veraniega, se queja de la «música nueva» y de que no traigan a las bandas manoseadas que a él le gustan; es una crítica muy poco sutil al gusto conservador que casi todo festivalero tiene, un tipo de consumidor de directo que no quiere descubrir artistas nuevos, sino escuchar a los que se sabe de memoria, a los que son para él un lugar tan seguro como el vientre primerizo de una madre, a los que le recuerdan a esos diez años atrás que el propio vídeo parodia, cuando todos eran más jóvenes y nadie se caía de la cita anual por tener que cuidar a un hijo: son consumidores de nostalgia, no de música.. La nostalgia es un sentimiento tan poderoso como controvertido que las industrias culturales saben rentabilizar con la maestría de un alquimista; desde el cine hasta el sector editorial, los empresarios culturales saben perfectamente qué fibras pinzar para despertar esta emoción en el consumidor objetivo y lograr que acuda al cine a ver una reposición de El señor de los anillos o a la librería a comprar una nueva edición de lujo de Harry Potter; es una emoción que despiertan vareando las fibras juveniles de la clientela, con gran resultado.. La industria de la música no es ajena a este truco mercadotécnico y ha aprendido cómo despertarnos. Por ejemplo, la última gira de La oreja de Van Gogh, con Amaia Montero al frente, encuentra su éxito en la nostalgia que despierta al viejo melómano que quizá no escucharía nunca a este grupo en casa de forma activa, pero sí pagaría una cantidad poco desdeñable de dinero para viajar 120 minutos al cada vez más lejano pasado de su juventud.. Los promotores han entendido este truco de la nostalgia y están apostando por festivales íntegros que reivindican ciertos momentos del pasado, como los eventos Love the 90`s y Love the Twenties, dos festivales que se celebrarán durante la primera quincena de junio en Madrid y cuyo curioso lema es «viaja al lugar donde eres feliz». De hecho, el segundo de los festivales, Love the Twenties, reivindica la primera década de los dos mil, un momento que parece demasiado cercano como para explotarlo desde la vía nostálgica.. «Si nada cambia, en veinte años tendremos festivales que rindan tributo al año 2026», explica Héctor García Barnés, autor del libro sobre nostalgia (y otras muchas cosas) Futurofobia y dj ocasional. «Creo que lo irónico de esto es que viene favorecido por un público que no vivió exactamente esa época. Me hace gracia que los centenials ahora mitifiquen los últimos noventa y primeros dos mil, cuando si lo vivías en el presente te parecía la peor época posible para la música».. Cartel de la gira por España del festival Love the 90s@lovethe90s_official. Sin embargo, más allá de la deriva metafísica y el empuje nostálgico, incluso idílico, hay una cuestión crematística que empuja a los promotores a organizar festivales de este tipo: son muy baratos de producir y suelen tener unos márgenes de beneficio altos.. «No es lo mismo pagar el caché de un artista que ahora está en la palestra pública que el de uno que haya tenido vivido su momento de gloria hace treinta años», explica a 20minutos un promotor en activo especializado en rosters de música urbana. «Los cachés de muchos artistas están inflados, los suben adrede para los festivales. Como promotor, es normal que prefieras organizar un formato alternativo, con lo que llamaríamos viejas glorias, cuyo cabeza de cartel no te pida 300.000 euros. Te la juegas mucho menos», explica.. “Es una cuestión demográfica y, no olvidemos, económica”, apunta en la misma dirección García Barnés. “Son más [el público adulto], tienen más dinero y les gusta más gastarlo, así que son el público ideal para esta clase de festivales, sobre todo teniendo en cuenta que los jóvenes beben mucho menos. Y gran parte del dinero de estos eventos proviene de la barra”.. En España, cada verano se cuentan por decenas los festivales de primer nivel – sería imposible cuantificarlos todos – que se celebran a orillas del mar o en secarrales lejanos. Según datos de la SGAE, la industria festivalera tiene un impacto económico anual de unos 4.000 millones de euros entre desplazamientos, venta de entradas y alojamientos. Muchos de estos festivales comparten artistas y se calcan los carteles entre ellos para tratar de entrar en el canon, en el circuito de festivales, por lo que nuestro amigo promotor rompe una lanza a favor de estas citas de la nostalgia: «está bien que haya una oferta variada para todo el mundo, independientemente de que sean artistas más pasados de moda o casi retirados. Todos los carteles son casi siempre iguales porque cuatro o cinco agencias de management controlan el cotarro e imponen a sus artistas. Que rescaten a viejas glorias para un par de días no me parece mal».. «Hay pocos incentivos para ponerte a escuchar cosas nuevas llegada cierta edad», termina Héctor García Barnes cuando se le pide reflexionar sobre este fenómeno y la incapacidad de la mayoría de personas para salir de la zona de confort, para escuchar música nueva, para asistir a festivales que no protagonicen los mismos artistas de siempre, ya sean los actuales o los que coparon las viejas listas radiofónicas hace treinta años; la incapacidad, resumiendo, de no convertirnos en ese tipo que quiere a sus cuatro o cinco grupos de confianza y que tan bien parodia Pantomima Full. «Para la población general, la cultura pasa a ocupar una posición funcional, es un refugio frente al estrés y la presión de la vida cotidiana, y en el caso de la música, una excusa para la fiesta. No van ahí a oír sus canciones preferidas, sino a pegarse una juerga con canciones que le evocan sus primeros saraos. Y mañana será otro día».
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