Uri Geller quedó en evidencia ante una audiencia millonaria en 1973. Ni haciendo mucha fuerza logró doblar sus famosas cucharas en Tonight Show de la NBC. Todos sus trucos salieron mal, pues el maestro del late show norteamericano, Johnny Carson, no permitió que manipulara ningún utensilio antes de entrar a plató. No soportaba a los “sanadores” y “salvadores” que se enriquecían engañando al personal con patrañas disfrazadas de poderes extrasensoriales. Y delató al metalista, en el programa más visto de Estados Unidos.Carson pensó que había acabado con la carrera de un mentiroso. Ingenuo. El tour de Geller prosiguió con éxito por todo el mundo. A los españoles nos tocó que nos la colara en Directísimo de TVE en 1975. Hasta para la sugestión íbamos con retraso… Ahí es cuando Johnny Carson se percató de que su experimento había demostrado un hecho más interesante del que pretendía: siempre hay una audiencia dispuesta a creer. Incluso cuando no hay por donde cogerlo, incluso cuando la mentira queda destapada, necesitamos confirmar que lo imposible es posible. También cuando ansiamos tener razón: somos capaces de ver todo donde no hay nada.Geller solo era un manipulador de varieté. El problema son los demagogos que nos cambian el relato a diario sin que busquemos dónde está el truco. No doblan cucharillas del café, pero retuercen cada imagen de la actualidad. Ni siquiera se libra el consenso de la celebración colectiva por la victoria de la selección masculina de fútbol en El Mundial 2026. Las redes sociales son perfectas para las artes de la sugestión de los que quieren arrimar el ascua a su relato y son hábiles generando corrientes de opinión del sobreanálisis de cada gesto.Se mide cómo aprietan las manos los futbolistas al presidente del Gobierno. O cómo le mira la infanta. También se especula con los mensajes de las gorras sobre cabezas. Ferrán Torres lució una roja con la inscripción de “Make Spain Great Again” en el bus que recorrió Madrid con la Copa del Mundo. Pero la ironía no es una opción: los prestidigitadores del populismo usan la imagen para cizañar y consolidar su mensaje. Aunque solo sean unas risas compartidas sin más. Aunque en la calle la gente solo esté cogiendo aire con un triunfo que sentimos compartido. Un éxito de una selección que se parece mucho a la diversidad de los barrios que representan nuestro país. Sin embargo, siempre hay mercaderes del odio que intentan proclamarse más vencedores que su vecino. La realidad es lo de menos. La realidad se rompe como las cubertería de Uri Geller. Nos comemos con gusto la trampa porque nos hemos convertido en adictos al «es mi verdad y punto». Todo es creíble en tiempos en los que nada es creíble.
Crónica de la manipulación colectiva.
Uri Geller quedó en evidencia ante una audiencia millonaria en 1973. Ni haciendo mucha fuerza logró doblar sus famosas cucharas en Tonight Show de la NBC. Todos sus trucos salieron mal, pues el maestro del late show norteamericano, Johnny Carson, no permitió que manipulara ningún utensilio antes de entrar a plató. No soportaba a los “sanadores” y “salvadores” que se enriquecían engañando al personal con patrañas disfrazadas de poderes extrasensoriales. Y delató al metalista, en el programa más visto de Estados Unidos.Carson pensó que había acabado con la carrera de un mentiroso. Ingenuo. El tour de Geller prosiguió con éxito por todo el mundo. A los españoles nos tocó que nos la colara en Directísimo de TVE en 1975. Hasta para la sugestión íbamos con retraso… Ahí es cuando Johnny Carson se percató de que su experimento había demostrado un hecho más interesante del que pretendía: siempre hay una audiencia dispuesta a creer. Incluso cuando no hay por donde cogerlo, incluso cuando la mentira queda destapada, necesitamos confirmar que lo imposible es posible. También cuando ansiamos tener razón: somos capaces de ver todo donde no hay nada.Geller solo era un manipulador de varieté. El problema son los demagogos que nos cambian el relato a diario sin que busquemos dónde está el truco. No doblan cucharillas del café, pero retuercen cada imagen de la actualidad. Ni siquiera se libra el consenso de la celebración colectiva por la victoria de la selección masculina de fútbol en El Mundial 2026. Las redes sociales son perfectas para las artes de la sugestión de los que quieren arrimar el ascua a su relato y son hábiles generando corrientes de opinión del sobreanálisis de cada gesto.Se mide cómo aprietan las manos los futbolistas al presidente del Gobierno. O cómo le mira la infanta. También se especula con los mensajes de las gorras sobre cabezas. Ferrán Torres lució una roja con la inscripción de “Make Spain Great Again” en el bus que recorrió Madrid con la Copa del Mundo. Pero la ironía no es una opción: los prestidigitadores del populismo usan la imagen para cizañar y consolidar su mensaje. Aunque solo sean unas risas compartidas sin más. Aunque en la calle la gente solo esté cogiendo aire con un triunfo que sentimos compartido. Un éxito de una selección que se parece mucho a la diversidad de los barrios que representan nuestro país. Sin embargo, siempre hay mercaderes del odio que intentan proclamarse más vencedores que su vecino. La realidad es lo de menos. La realidad se rompe como las cubertería de Uri Geller. Nos comemos con gusto la trampa porque nos hemos convertido en adictos al «es mi verdad y punto». Todo es creíble en tiempos en los que nada es creíble.
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