Cuando a Javier del Río le preguntan a qué se ha dedicado en la vida, no responde con un oficio. “A vivir”, dice. “A vivir todo el rato, todo el rato muy fuerte”. Después vienen los trabajos, los viajes, los cambios de rumbo: estudió cámara de televisión y reporterismo gráfico, grabó partidos de fútbol y conciertos, se fue a Inglaterra, luego a Australia con tres amigos y una furgoneta, pasó temporadas en Ibiza, se rapó las rastas para que le dejaran trabajar como profesor de golf en un campo de Murcia y acabó viviendo de ese deporte en Madrid.Seguir leyendo
Javier del Río es paciente de paliativos en el hospital madrileño, centro de referencia para el final de la vida. En dos meses de estancia, además de la ayuda para que su dolor sea más llevadero, ha recibido visitas de amigos y ha organizado una fiesta
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Cuando a Javier del Río le preguntan a qué se ha dedicado en la vida, no responde con un oficio. “A vivir”, dice. “A vivir todo el rato, todo el rato muy fuerte”. Después vienen los trabajos, los viajes, los cambios de rumbo: estudió cámara de televisión y reporterismo gráfico, grabó partidos de fútbol y conciertos, se fue a Inglaterra, luego a Australia con tres amigos y una furgoneta, pasó temporadas en Ibiza, se rapó las rastas para que le dejaran trabajar como profesor de golf en un campo de Murcia y acabó viviendo de ese deporte en Madrid.Ahora, con 51 años, está en la quinta planta de oncología del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, la de cuidados paliativos. Después de 11 años de su diagnóstico de un tumor en el riñón, ha pasado por incontables tratamientos: quimios, radios, inmunoterapia, ensayos clínicos. Pero ya no hay nada que hacer. La estancia en la planta se suele contar por días, unos 13 de media, pero él va para dos meses.Un día le dijo a María Victoria Casas, enfermera de la unidad, que para él el final era el momento en que tuvieran que limpiarle en la cama. Ese momento ha llegado. Y, sin embargo, Javier habla de paz con cara de incredulidad. Todavía le sorprende que ese sentimiento haya aparecido precisamente ahí, en una planta de paliativos.“Al principio, tu mente no lo asume. Al oír ‘paliativos’, piensas que de ahí vas rápido al tanatorio”, dice con ojos muy abiertos y una sonrisa. “Este sitio es la bomba, pero no es la bomba por cómo estoy, sino por dónde estoy. Si le cuentas a cualquier persona que estás en un edificio de un hospital de oncología, de paliativos, donde lo que hay es dolor, sufrimiento… Cero. Lo único que me dan es paz, amor, todo el rato”, explica consciente de que parte de esta positividad puede venir de los opioides que le proporcionan por vía intravenosa para aliviar el dolor.Es uno de los propósitos de los cuidados paliativos. Pero el dolor, subraya Marisa Solano, médica de la planta, es solo un síntoma más. “Hay pacientes con disnea, con vómitos incoercibles, con delirium, con deterioro cognitivo”, enumera.En la planta quinta no están para curar. Tampoco para alargar la vida innecesariamente. “Cuando nos sentamos a prescribir, pensamos si lo que le voy a pautar va realmente a ayudar a aliviar los síntomas”, dice. A veces sí deciden arañar tiempo, pero con un sentido concreto: que llegue un hijo, que venga un nieto de Londres, que el paciente pueda estar más despierto para despedirse. El objetivo general, resume la médica, es “aliviar y confortar”, no prolongar la vida biológica por sí misma.El Gregorio Marañón es pionero en los cuidados paliativos, una unidad creada hace casi 30 años que cuenta con 18 habitaciones individuales. Fue el primer hospital español certificado como centro reconocido en la integración de oncología y paliativos que otorga la Sociedad Europea de Oncología Médica. Es un referente en Esp
