Los psicólogos llaman ‘ilusión de control’ a la tendencia a creer que dominamos sucesos que en realidad dependen del azar. El término lo popularizó en 1975 la psicóloga Ellen Langer, al mostrar que muchas personas se comportan en juegos de azar como si su habilidad pudiera alterar el resultado, aunque las probabilidades sean las mismas para todos.. Por eso hay quien sopla un dado antes de lanzarlo o siente que un número de lotería elegido a mano tiene más opciones de salir que uno generado por la máquina. Nada de eso cambia las estadísticas, pero nos hace sentir que no estamos del todo a merced de la suerte y que nuestra elección o nuestro ritual añaden algo de influencia al desenlace.. Esa misma ilusión de control aparece cuando el mando a distancia empieza a fallar y, en lugar de ir a por pilas nuevas, apretamos los botones con desesperación para evitar, a toda costa, levantarnos del sofá a cambiarlas.. Lo curioso es que, en el caso del mando, a veces sí llega a funcionar, no porque tengamos ningún tipo de ‘poder’ sobre el aparato, sino por cómo está diseñado. La mayoría lleva teclas de goma con una pequeña pastilla conductora que, al hundirse, cierra un circuito sobre la placa electrónica. Cuando las pilas están casi agotadas o los contactos internos se han ensuciado, ese cierre eléctrico se vuelve menos fiable y el mando empieza a fallar. Al apretar con más fuerza, logramos que la pastilla se apoye mejor, mejoramos el contacto y reducimos un poco la resistencia, lo justo para que todavía puedan circular algunos impulsos eléctricos y el mando obedezca unas cuantas veces más antes de morir del todo.. A esto se suman otros clásicos gestos domésticos que hacemos, como sacudir el mando, golpearlo suavemente contra la palma de la mano o girar las pilas dentro del compartimento, maniobras con las que esperamos desplazar un poco el óxido o recolocar los contactos para que aguante un rato más. Aunque en el fondo sabemos que la única solución real es cambiar las pilas, pero nos resistimos a levantarnos del sofá y apuramos hasta el último suspiro de su energía como si, a base de insistir, pudiéramos ganarle la partida a la electrónica.
Cuando el mando falla, apretamos los botones con más fuerza. No es lógica, es la ilusión de control jugando con nosotros.
Los psicólogos llaman ‘ilusión de control’ a la tendencia a creer que dominamos sucesos que en realidad dependen del azar. El término lo popularizó en 1975 la psicóloga Ellen Langer, al mostrar que muchas personas se comportan en juegos de azar como si su habilidad pudiera alterar el resultado, aunque las probabilidades sean las mismas para todos.. Por eso hay quien sopla un dado antes de lanzarlo o siente que un número de lotería elegido a mano tiene más opciones de salir que uno generado por la máquina. Nada de eso cambia las estadísticas, pero nos hace sentir que no estamos del todo a merced de la suerte y que nuestra elección o nuestro ritual añaden algo de influencia al desenlace.. Esa misma ilusión de control aparece cuando el mando a distancia empieza a fallar y, en lugar de ir a por pilas nuevas, apretamos los botones con desesperación para evitar, a toda costa, levantarnos del sofá a cambiarlas.. Lo curioso es que, en el caso del mando, a veces sí llega a funcionar, no porque tengamos ningún tipo de ‘poder’ sobre el aparato, sino por cómo está diseñado. La mayoría lleva teclas de goma con una pequeña pastilla conductora que, al hundirse, cierra un circuito sobre la placa electrónica. Cuando las pilas están casi agotadas o los contactos internos se han ensuciado, ese cierre eléctrico se vuelve menos fiable y el mando empieza a fallar. Al apretar con más fuerza, logramos que la pastilla se apoye mejor, mejoramos el contacto y reducimos un poco la resistencia, lo justo para que todavía puedan circular algunos impulsos eléctricos y el mando obedezca unas cuantas veces más antes de morir del todo.. A esto se suman otros clásicos gestos domésticos que hacemos, como sacudir el mando, golpearlo suavemente contra la palma de la mano o girar las pilas dentro del compartimento, maniobras con las que esperamos desplazar un poco el óxido o recolocar los contactos para que aguante un rato más. Aunque en el fondo sabemos que la única solución real es cambiar las pilas, pero nos resistimos a levantarnos del sofá y apuramos hasta el último suspiro de su energía como si, a base de insistir, pudiéramos ganarle la partida a la electrónica.
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