Cuando Antonio Machado, uno de los grandes de nuestra literatura, escribió a Lister, entonces un sobrevalorado general del Ejército de la República, aquello de “si mi pluma valiera tu pistola” era plenamente consciente de lo que decía. Incluso entendiendo el contexto —el de un recargado panegírico, impropio de su talento pero necesario para, en tiempo de guerra, ensalzar a quien entonces tenía el mando de los ejércitos del Ebro— el poeta venía a reconocer que, cuando se trata de hacer frente a la fuerza militar, las balas valen más que las palabras.. Espero que nadie se lo tome a mal si doy por sentado que la pluma de nuestro presidente no es como la de Machado. Después de todo, el listón se lo he puesto muy alto. Tampoco la pistola de Lister es comparable a los misiles de Donald Trump. No estaría, pues, de más que nuestro Gobierno entendiera que con palabras de condena, por rotundas que sean, no vamos a contener al presidente de los EE.UU.. Desatado desde el éxito de la operación de captura de Maduro, Trump no tiene inconveniente en admitir que la legalidad internacional le trae sin cuidado. Estoy convencido de que, al menos en esto, dice la verdad. Miente, sin embargo, cuando asegura que la “moralidad” es su único límite. Hay dos barreras que le contienen y ninguna tiene nada que ver con la ética.. Con palabras de condena, por rotundas que sean, no vamos a contener a Trump. Para defender lo que queda del orden basado en reglas hace falta es enseñar los dientes. Y nadie puede enseñar lo que no tiene. La primera de ellas le sujeta desde dentro: las encuestas en los EE UU. Ahí han estado siempre los pies de barro del poder militar norteamericano. La segunda barrera le contiene desde fuera y, en mi mente, siempre adopta la forma de la boca de un lobo enseñando los colmillos, quizá la mejor imagen de la disuasión. Ambas barreras se refuerzan recíprocamente. A mayor dificultad, mayor es la resistencia del pueblo norteamericano a ver sus tropas comprometidas en el exterior.. Si esa es la realidad —y seguirá siéndolo durante los próximos tres años— insistir en que las acciones de Trump violan el derecho internacional es, a los ojos del magnate, casi un cumplido. Para defender lo que queda del orden basado en reglas lo que hace falta es enseñar los dientes. Y nadie puede enseñar lo que no tiene. Es hora, pues, de que España pase de las condenas formales al rearme moral y material que nos exige Europa.. Para los historiadores del futuro, los héroes de la resistencia ante los príncipes guerreros que empiezan a proliferar en nuestro planeta no habrán sido los líderes que más le gritaron a Trump o a Putin, a Netanyahu o a Xi Jinping, sino los que mejor le explicaron a sus pueblos la realidad del orden que se nos quiere imponer. No habrán sido los que más se declararon a favor de la paz, sino los que más invirtieron en ella. No habrán sido los que quisieron sacar réditos electorales de una política exterior propia, sino los que pusieron sus activos al servicio de la manada. Y en cualquiera de estas tres varas de medir, por desgracia, estamos a la cola de Europa.. A tiempo estamos de rectificar. Empezando, por qué no, en las heladas tierras de Groenlandia.
«Cuando se trata de hacer frente a la fuerza militar, las balas valen más que las palabras».
20MINUTOS.ES – Internacional
Cuando Antonio Machado, uno de los grandes de nuestra literatura, escribió a Lister, entonces un sobrevalorado general del Ejército de la República, aquello de “si mi pluma valiera tu pistola” era plenamente consciente de lo que decía. Incluso entendiendo el contexto —el de un recargado panegírico, impropio de su talento pero necesario para, en tiempo de guerra, ensalzar a quien entonces tenía el mando de los ejércitos del Ebro— el poeta venía a reconocer que, cuando se trata de hacer frente a la fuerza militar, las balas valen más que las palabras.. Espero que nadie se lo tome a mal si doy por sentado que la pluma de nuestro presidente no es como la de Machado. Después de todo, el listón se lo he puesto muy alto. Tampoco la pistola de Lister es comparable a los misiles de Donald Trump. No estaría, pues, de más que nuestro Gobierno entendiera que con palabras de condena, por rotundas que sean, no vamos a contener al presidente de los EE.UU.. Desatado desde el éxito de la operación de captura de Maduro, Trump no tiene inconveniente en admitir que la legalidad internacional le trae sin cuidado. Estoy convencido de que, al menos en esto, dice la verdad. Miente, sin embargo, cuando asegura que la “moralidad” es su único límite. Hay dos barreras que le contienen y ninguna tiene nada que ver con la ética.. Con palabras de condena, por rotundas que sean, no vamos a contener a Trump. Para defender lo que queda del orden basado en reglas hace falta es enseñar los dientes. Y nadie puede enseñar lo que no tiene. La primera de ellas le sujeta desde dentro: las encuestas en los EE UU. Ahí han estado siempre los pies de barro del poder militar norteamericano. La segunda barrera le contiene desde fuera y, en mi mente, siempre adopta la forma de la boca de un lobo enseñando los colmillos, quizá la mejor imagen de la disuasión. Ambas barreras se refuerzan recíprocamente. A mayor dificultad, mayor es la resistencia del pueblo norteamericano a ver sus tropas comprometidas en el exterior.. Si esa es la realidad —y seguirá siéndolo durante los próximos tres años— insistir en que las acciones de Trump violan el derecho internacional es, a los ojos del magnate, casi un cumplido. Para defender lo que queda del orden basado en reglas lo que hace falta es enseñar los dientes. Y nadie puede enseñar lo que no tiene. Es hora, pues, de que España pase de las condenas formales al rearme moral y material que nos exige Europa.. Para los historiadores del futuro, los héroes de la resistencia ante los príncipes guerreros que empiezan a proliferar en nuestro planeta no habrán sido los líderes que más le gritaron a Trump o a Putin, a Netanyahu o a Xi Jinping, sino los que mejor le explicaron a sus pueblos la realidad del orden que se nos quiere imponer. No habrán sido los que más se declararon a favor de la paz, sino los que más invirtieron en ella. No habrán sido los que quisieron sacar réditos electorales de una política exterior propia, sino los que pusieron sus activos al servicio de la manada. Y en cualquiera de estas tres varas de medir, por desgracia, estamos a la cola de Europa.. A tiempo estamos de rectificar. Empezando, por qué no, en las heladas tierras de Groenlandia.
