El Mediterráneo arde. El pasado miércoles se produjo un nuevo récord absoluto de temperatura de la superficie marina, en concreto en aguas españolas, en la boya de Sa Dragonera, al oeste de Mallorca, donde se llegó a las cuatro de la tarde a 33,2°, según las mediciones realizadas por Puertos del Estado y difundidas por la delegación territorial de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Baleares a falta de confirmación oficial. Este dato es “una auténtica brutalidad”, en palabras del climatólogo, meteorólogo e investigador Samuel Biener a quien, como a todos los expertos, se le van agotando los adjetivos al hablar de calor.. Seguir leyendo
Un mar cada vez más cálido tiene fuertes impactos en el tiempo, el clima, los ecosistemas y hasta en el turismo
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El Mediterráneo arde. El pasado miércoles se produjo un nuevo récord absoluto de temperatura de la superficie marina, en concreto en aguas españolas, en la boya de Sa Dragonera, al oeste de Mallorca, donde se llegó a las cuatro de la tarde a 33,2°, según las mediciones realizadas por Puertos del Estado y difundidas por la delegación territorial de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) en Baleares a falta de confirmación oficial. Este dato es “una auténtica brutalidad”, en palabras del climatólogo, meteorólogo e investigador Samuel Biener a quien, como a todos los expertos, se le van agotando los adjetivos al hablar de calor.. “Es muy significativo porque estamos hablando de una boya que está en aguas abiertas y a tres metros de profundidad”, contextualiza el experto. A diferencia de lo que ocurre en aguas abiertas, en ensenadas o bahías muy estrechas el agua circula menos, por lo que es muy posible que, en situaciones de temperaturas muy altas y persistentes, se hayan registrado temperaturas más altas en estos accidentes geográficos, pero “el dato de Dragonera es a priori el más elevado desde que hay registros en el Mediterráneo español en aguas abiertas y seguramente de todo el Mediterráneo occidental”, es decir, también de Italia y Francia e incluso de Marruecos y Argelia.. Con estos 33,2°, Sa Dragonera pulveriza sus propios registros: el récord anterior lo tenía la misma boya, que marcó 31,8° el 12 de agosto de 2024. “Estamos hablando de más de un grado de diferencia, lo que, en temperaturas marinas es una barbaridad”, señala el experto. “Si consideramos el valor medio de 1982 a la actualidad, 25°, por lo que estamos ante una desviación de 8°, una anomalía muy significativa», responde Biener, para recordar que, hasta hace bien poco, superar los 30° en el Mediterráneo era algo completamente excepcional. Desde los años ochenta, la temperatura del mar en general ”ha subido un grado y medio», con “un escalón muy importante de los 2000 para acá″, ahonda.. Así, 2003 marcó un hito histórico al registrarse los primeros 30° durante la intensa y mortífera ola de calor. Sin embargo, ahora ocurre con tanta frecuencia que “nos da una idea de lo rápido que va el proceso del calentamiento de las aguas mediterráneas en las últimas décadas, muy por encima de las previsiones“.. Más allá de este récord, el verano más cálido desde que hay registros ha provocado una ola de calor marina persistente e ininterrumpida desde el mes de mayo, algo ya habitual verano tras verano, lo que tiene fuertes impactos en el tiempo, en el clima, en los ecosistemas mediterráneos y hasta en el turismo. Y ha hecho que, entre otros efectos, dormir junto al mar haya dejado de ser una delicia y que las poblaciones mediterráneas, y los turistas que acogen, estén sufriendo “una auténtica ola de calor nocturna muy persistente”, apunta el climatólogo, porque se está acabando con el régimen de brisas que provoca una sensación de bochorno muy acusada.. El Laboratorio de Climatología de la Universidad de Alicante, en el que trabaja Biener, tiene una estación meteorológica junto al puerto y solo en el mes de julio ha registrado 20 noches tórridas ―en las que los termómetros no bajan de 25°―, “una salvajada”, según dice. “Las noches tropicales ―en las que la mínima no cae de 20°― y las noches tórridas se están disparando en las zonas costeras porque, con un colchón de calor y humedad al lado como es el Mediterráneo, la temperatura no puede bajar”, indica el meteorólogo. Este verano Almería ha llegado a sufrir tres noches infernales ―como ya se llama a las mínimas por encima de 30° ― consecutivas a finales de junio, cuando la ciudad registró un récord histórico de más de 72 horas consecutivas sin bajar de 30°.. Otro efecto pernicioso del aumento de la temperatura del mar son las tormentas extremas. “Cuando tenemos una situación de inestabilidad y un aire cálido y húmedo que se desplaza hacia el interior o hacia las montañas, puede dar lugar a tormentas extremas con fenómenos muy adversos”. Es lo que ha sucedido en Italia o en las últimas horas en Cataluña y en la Comunidad Valenciana, con la caída granizo de gran tamaño.. Esta gasolina puede alimentar futuras danas. “Si coincide a largo plazo con una situación de aire frío en altura, ya sea una dana o una vaguada, tenemos el combustible para que, en algún punto de la cuenca mediterránea en este otoño, vaya a producirse un gran episodio de lluvias torrenciales”. Aunque un mar caliente por sí solo no puede generar lluvias torrenciales. Se necesitan determinadas condiciones atmosféricas. Es decir, que está la mecha, pero falta la llama que la prenda.. Los ecosistemas también están sufriendo muchísimo ante temperaturas ”más altas que las del Caribe”, con importantes mortandades masivas en las praderas de posidonia y en algunas especies de peces y de moluscos. “Las especies nativas del Mediterráneo no se están pudiendo adaptar a esta tropicalización tan rápida y, además, este mar ya tiene condiciones favorables para que lleguen especies invasoras, peces y algas de aguas más cálidas que desplazan a la fauna local”, lamenta el climatólogo de Meteored.. Por último, un mar más cálido tiene repercusiones también en el turismo. Un estudio firmado por el propio Bierner junto a Fernando Vera, geógrafo de la Universidad de Alicante, sobre Benidorm muestra que “este aumento de la temperatura está provocando que el pico de verano no sea tan pronunciado y que, en cambio, el turismo se esté distribuyendo por los meses ajenos a la temporada alta, mayo y junio, y septiembre y octubre”. En general, a juicio de este investigador, en las ciudades mediterráneas ya se está produciendo esta misma “desestacionalización del turismo”.
