Ramón García sabe de la importancia de cuidar el prolegómeno en televisión (y en la vida). Y, claro, antes de la grabación de El Grand Prix, siempre contagiaba en los pueblos la emoción de pisar un plató. ¿Cómo? Con un show previo, que presentaba él mismo y que el espectador no llegaba a ver desde casa. Pero que sentíamos, pues servía para «calentar» el ambiente en las gradas del concurso.Ahora, por aquello que llaman ajustes de programación, todos podemos ver el preshow de Ramontxu. Y funciona. Ya lo probó TVE en algunas emisiones el pasado año, pero este año se ha decidido con astucia que sea habitual en La 1 dotándolo de más empaque de programa. Así el concurso oficial no empieza a las diez en punto de la noche y la cuota de pantalla puede brillar mejor. En este previo, Ramón baila, saluda a los pueblos y presenta a sus copresentadores, Lalachús y Gorka Rodríguez, que se ha estrenado aportando con gracia contexto sobre los concursantes. Lo que hace más grande la experiencia de visionado. También, Gorka juega con Lala. Juntos, favorecen el clima de la reunión de amigas a la que quieres pertenecer: con sus bromas entre sí y hacia Ramón, con sus referencias millenials, con la alegría de los niños que crecieron con una tele imaginativa. Como El Grand Prix. Pero ya que se emite, el preshow se ha enriquecido para que no sea mero relleno y sea útil por la tele clásica. Objetivo logrado. Porque ver las tripas del programa impulsa la sensación en el ojo de la audiencia de estar asistiendo a un acontecimiento especial. El espectador se contagia de la fiesta que se respira el plató y, a la vez, este avance del programa, nos permite conocer sin disfraz a los capitanes de los equipos. El Grand Prix comprende que en la tele de hoy los cebos aburren. No tienen sentido, con todo lo que se puede contar de la vida. Y la vida de los pueblos no tiene fin de historias que plasmar. Como consecuencia, el preliminar de El Grand Prix se ha inventado una prueba, Pasión de Capitanes, que pone a prueba antes de tiempo a los líderes de cada equipo. De esta forma, se construye con más fuerza el vínculo de empatía (e incluso enamoramiento) con los concursantes principales. Primero, los conocemos en un vídeo socarrón de cada localidad. Después, son los padrinos los que tienen que adivinar verdades o mentiras de la cultura general de las villas que representan. Si aciertan, sobre las manos del capitán del equipo contrarío caerán unas bolsa repleta de peso. Si pierden, el peso irá a su propio capitán. Debajo de las manos de los dos rivales, cuelga un globo sobre unos pinchos. El que más aguante sin que le exploten los globos, obtendrá una bonificación a utilizar durante el resto de la noche. Una excusa de guion para que pasen cosas. Para no estar media hora dando rodeos. El programa empieza antes de empezar. Va cogiendo carrerilla mientras los espectadores se van sumando a La 1. Vamos eligiendo nuestro pueblo favorito, el azu
‘El Grand Prix’ ha regresado en forma.
Ramón García sabe de la importancia de cuidar el prolegómeno en televisión (y en la vida). Y, claro, antes de la grabación de El Grand Prix, siempre contagiaba en los pueblos la emoción de pisar un plató. ¿Cómo? Con un show previo, que presentaba él mismo y que el espectador no llegaba a ver desde casa. Pero que sentíamos, pues servía para «calentar» el ambiente en las gradas del concurso.Ahora, por aquello que llaman ajustes de programación, todos podemos ver el preshow de Ramontxu. Y funciona. Ya lo probó TVE en algunas emisiones el pasado año, pero este año se ha decidido con astucia que sea habitual en La 1 dotándolo de más empaque de programa. Así el concurso oficial no empieza a las diez en punto de la noche y la cuota de pantalla puede brillar mejor. En este previo, Ramón baila, saluda a los pueblos y presenta a sus copresentadores, Lalachús y Gorka Rodríguez, que se ha estrenado aportando con gracia contexto sobre los concursantes. Lo que hace más grande la experiencia de visionado. También, Gorka juega con Lala. Juntos, favorecen el clima de la reunión de amigas a la que quieres pertenecer: con sus bromas entre sí y hacia Ramón, con sus referencias millenials, con la alegría de los niños que crecieron con una tele imaginativa. Como El Grand Prix. Pero ya que se emite, el preshow se ha enriquecido para que no sea mero relleno y sea útil por la tele clásica. Objetivo logrado. Porque ver las tripas del programa impulsa la sensación en el ojo de la audiencia de estar asistiendo a un acontecimiento especial. El espectador se contagia de la fiesta que se respira el plató y, a la vez, este avance del programa, nos permite conocer sin disfraz a los capitanes de los equipos. El Grand Prix comprende que en la tele de hoy los cebos aburren. No tienen sentido, con todo lo que se puede contar de la vida.Y la vida de los pueblos no tiene fin de historias que plasmar. Como consecuencia, el preliminar de El Grand Prix se ha inventado una prueba, Pasión de Capitanes, que pone a prueba antes de tiempo a los líderes de cada equipo. De esta forma, se construye con más fuerza el vínculo de empatía (e incluso enamoramiento) con los concursantes principales. Primero, los conocemos en un vídeo socarrón de cada localidad. Después, son los padrinos los que tienen que adivinar verdades o mentiras de la cultura general de las villas que representan. Si aciertan, sobre las manos del capitán del equipo contrarío caerán unas bolsa repleta de peso. Si pierden, el peso irá a su propio capitán. Debajo de las manos de los dos rivales, cuelga un globo sobre unos pinchos. El que más aguante sin que le exploten los globos, obtendrá una bonificación a utilizar durante el resto de la noche. Una excusa de guion para que pasen cosas. Para no estar media hora dando rodeos.El programa empieza antes de empezar. Va cogiendo carrerilla mientras los espectadores se van sumando a La 1. Vamos eligiendo nuestro pueblo favorito, el azu
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