«El veneno está en la dosis» o «la dosis hace el veneno» resume uno de los principios clásicos de la toxicología. Se atribuye a Paracelso, médico y alquimista del siglo XVI, quien escribió que todas las cosas podían ser venenosas y que era la cantidad la que determinaba que algo llegara a serlo. Con el tiempo, aquella idea quedó condensada en la conocida frase que todavía se utiliza para explicar la relación entre una sustancia y sus posibles efectos.. La explicación es sencilla. Una misma sustancia puede producir efectos muy distintos dependiendo de cuánto se consuma o de la exposición que exista. Esto ocurre con numerosos medicamentos, vitaminas y otras sustancias que forman parte de nuestra vida cotidiana, cuyo uso puede ser seguro dentro de determinados límites y perjudicial cuando se superan.. Un buen ejemplo lo encontramos en el estragón común (Artemisia dracunculus), una hierba muy utilizada en la cocina europea, por su sabor delicado y aroma característico, que contiene estragol. En cantidades normales es inofensivo, pero en dosis elevadas puede resultar letal. Por tanto, un ingrediente cotidiano que se halla en cualquier despensa puede ser tóxico en la cantidad adecuada.. También el arsénico tuvo usos medicinales durante los siglos XVIII y XIX mediante preparados como la solución de Fowler, aunque su toxicidad acabó limitando su empleo. Algo parecido permite entender el caso de los huesos de albaricoque, cuyas semillas contienen amigdalina, una sustancia que puede liberar cianuro y provocar intoxicaciones cuando se consume en cantidades suficientes.
Descubre el origen de «El veneno está en la dosis», la frase atribuida a Paracelso que explica cómo la cantidad determina la toxicidad.
«El veneno está en la dosis» o «la dosis hace el veneno» resume uno de los principios clásicos de la toxicología. Se atribuye a Paracelso, médico y alquimista del siglo XVI, quien escribió que todas las cosas podían ser venenosas y que era la cantidad la que determinaba que algo llegara a serlo. Con el tiempo, aquella idea quedó condensada en la conocida frase que todavía se utiliza para explicar la relación entre una sustancia y sus posibles efectos.. La explicación es sencilla. Una misma sustancia puede producir efectos muy distintos dependiendo de cuánto se consuma o de la exposición que exista. Esto ocurre con numerosos medicamentos, vitaminas y otras sustancias que forman parte de nuestra vida cotidiana, cuyo uso puede ser seguro dentro de determinados límites y perjudicial cuando se superan.. Un buen ejemplo lo encontramos en el estragón común (Artemisia dracunculus), una hierba muy utilizada en la cocina europea, por su sabor delicado y aroma característico, que contiene estragol. En cantidades normales es inofensivo, pero en dosis elevadas puede resultar letal. Por tanto, un ingrediente cotidiano que se halla en cualquier despensa puede ser tóxico en la cantidad adecuada.. También el arsénico tuvo usos medicinales durante los siglos XVIII y XIX mediante preparados como la solución de Fowler, aunque su toxicidad acabó limitando su empleo. Algo parecido permite entender el caso de los huesos de albaricoque, cuyas semillas contienen amigdalina, una sustancia que puede liberar cianuro y provocar intoxicaciones cuando se consume en cantidades suficientes.
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