La imagen de Carmen Lomana se ha quedado congelada en plena emisión de La Revuelta, mientras el sonido de la entrevista seguía sonando. La audiencia pensaba que era un fallo de su antena. O de su Internet. Pero, en realidad, era un problema técnico de la grabación del programa de David Broncano que está estrenando teatro estos días. También un nuevo decorado, que transmite lujo.. Como la voz se continuaba escuchando y como este programa juega a la guerrillera reunión de amigos grabándose un podcast, Broncano, rápido, comentó en voz alta la posibilidad de dejar el fallo técnico. Tal cual. El defecto transformado en transgresión. Bien jugada esa espontaneidad, aunque en ese decorado de prosperidad también se les puede ir dando la vuelta. Porque el programa cuenta con un alto presupuesto y debería notarse más que ya no emite desde un sótano. De hecho, La Revuelta debe trastear con las artes de la televisión para recuperar el interés de sus inicios. Con su gamberrismo habitual, claro.. Porque hasta dejar el fallo técnico ya empieza a ser previsible. Ya no nos asombra como antes. La mudanza del programa al Teatro Albéniz ha servido para apostar por una escenografía teatral repleta de matices, dignos de The Crown, que debían haber servido para crear tramas desde el primer programa de temporada para que el público notara el cambio y recuperara ganas por asistir a la fiesta. O, de lo contrario, la amplitud del Albéniz se irá torciendo en el vacío que transmite lejanía. Por ahí les ha ido adelantando El Hormiguero. A pesar de estar enredados en la polarización, el formato de Pablo Motos no descuida la capacidad de despertar la sorpresa de la audiencia en su casa. Este lunes, con unos robots sin sonrisa.. En los dos primeros programas de La Revuelta en el Albéniz, tampoco se ve demasiado al público. Más alejado que antes. Más invisible. Esperemos que no sea una metáfora de mudarse del callejón gamberro de la parte de atrás de la Gran Vía a un hotel que representa la gentrificación del centro de Madrid.. “Si salgo bien en la imagen dejáis el fallo, sino no”, bromeó Carmen Lomana cuando se empezó a solucionar el problema. Y lo han dejado. Por supuesto. La Revuelta es el fallo técnico sin temor. Así logran un lazo de implicación para siempre de su espectador más fiel. Es estimulante cómo están por encima de los miedos que desquiciarían a otros directivos de la tele. Ellos pueden, pues son astutos maestros en sacar brillo al churro. Ahora, incluso son capaces de vender churros desde un decorado de opulencia palaciega. Ese es su talento: la autenticidad, que es la base de la televisión. Al menos, cuando la autenticidad no te la terminas creyendo. En ese caso, por cierto, suele mutarse en chulería.
¿Naturalidad o pasotismo? ¿Transgresión o fliparse?
La imagen de Carmen Lomana se ha quedado congelada en plena emisión de La Revuelta, mientras el sonido de la entrevista seguía sonando. La audiencia pensaba que era un fallo de su antena. O de su Internet. Pero, en realidad, era un problema técnico de la grabación del programa de David Broncano que está estrenando teatro estos días. También un nuevo decorado, que transmite lujo.. Como la voz se continuaba escuchando y como este programa juega a la guerrillera reunión de amigos grabándose un podcast, Broncano, rápido, comentó en voz alta la posibilidad de dejar el fallo técnico. Tal cual. El defecto transformado en transgresión. Bien jugada esa espontaneidad, aunque en ese decorado de prosperidad también se les puede ir dando la vuelta. Porque el programa cuenta con un alto presupuesto y debería notarse más que ya no emite desde un sótano. De hecho, La Revuelta debe trastear con las artes de la televisión para recuperar el interés de sus inicios. Con su gamberrismo habitual, claro.. Porque hasta dejar el fallo técnico ya empieza a ser previsible. Ya no nos asombra como antes. La mudanza del programa al Teatro Albéniz ha servido para apostar por una escenografía teatral repleta de matices, dignos de The Crown, que debían haber servido para crear tramas desde el primer programa de temporada para que el público notara el cambio y recuperara ganas por asistir a la fiesta. O, de lo contrario, la amplitud del Albéniz se irá torciendo en el vacío que transmite lejanía. Por ahí les ha ido adelantando El Hormiguero. A pesar de estar enredados en la polarización, el formato de Pablo Motos no descuida la capacidad de despertar la sorpresa de la audiencia en su casa. Este lunes, con unos robots sin sonrisa.. En los dos primeros programas de La Revuelta en el Albéniz, tampoco se ve demasiado al público. Más alejado que antes. Más invisible. Esperemos que no sea una metáfora de mudarse del callejón gamberro de la parte de atrás de la Gran Vía a un hotel que representa la gentrificación del centro de Madrid.. “Si salgo bien en la imagen dejáis el fallo, sino no”, bromeó Carmen Lomana cuando se empezó a solucionar el problema. Y lo han dejado. Por supuesto. La Revuelta es el fallo técnico sin temor. Así logran un lazo de implicación para siempre de su espectador más fiel. Es estimulante cómo están por encima de los miedos que desquiciarían a otros directivos de la tele. Ellos pueden, pues son astutos maestros en sacar brillo al churro. Ahora, incluso son capaces de vender churros desde un decorado de opulencia palaciega. Ese es su talento: la autenticidad, que es la base de la televisión. Al menos, cuando la autenticidad no te la terminas creyendo. En ese caso, por cierto, suele mutarse en chulería.
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