Telecinco quiere cambiar, pero intenta buscar su éxito en un lugar que ya no existe. Porque cuando las personas cambian, también los lugares dejan de ser los mismos. En sus años dorados, María Teresa Campos explicaba: «La sociedad española evoluciona muy rápido y la radio y la tele debe contar con la intuición para progresar de la mano de la curiosidad de la ciudadania o se quedará atrás». Así, tanto los programas Pasa la vida en TVE como Día a Día en Telecinco, incorporaban temas que no eran todavía habituales en el magacín. No se miraba al espectador con condescendencia. Se intentaba ensanchar los contenidos que trataban este tipo de programas. Rompiendo con los prejuicios, atreviéndose a probar e incluso equivocarse. Ahí sus programas matinales se hicieron fuertes: nunca fueron solo corazón, había actitud de programa de prime time con una pluralidad de contenidos que representaban la calle. Y si no había medios para hacer conexiones en directo, ella traía la noticia al plató. Quería hacer grande a la tele que se consideraba pequeña. Así logró crear una cita diaria de sus programas. Había que verlo para no quedarse desconectado. De esta forma, peleó por incorporar la política que se consideraba que no interesaba a su público potencial. También los géneros musicales, la entrevista e incluso el monólogo que despertaba el espíritu crítico en la audiencia. Aunque los más torpes no lo quisieran entender. Además, apostó por el debate sobre realities nada más empezar el fenómeno. Cuando todavía se veía raro hablar de otros programas. Ella fue pionera en la retroalimentación de contenidos. No solo dentro de la misma cadena, también de la cultura que encontraba visibilidad en los magacines de otra manera más popular.Pero nada se hacía al tuntún. Sus programas eran competitivos por el orden que atesoraban. Los magacines actuales parecen todo el rato la misma tertulia sin fin. En cambio, la dirección de María Teresa cuidaba la estructura. El espectador sabía a qué hora pasaba cada cosa. A las 11.00h, el corrillo con amigas del barrio charlando de lo humano, divino y la tele-realidad. A las 12.30h, la entrevista. A la 13.00h, el corazón clásico. Y, a las 13.30h, la mesa de actualidad. El público podía elegir qué le gustaba y conciliar su vida cotidiana entorno a una programación que se quedaba en la memoria colectiva. Así tampoco se hacía monótono el programa. De hecho, desde el mismo plató, cada sección ocupaba un espacio escénico reconocible por diferenciado. Lo que embellecía el relato y daba más dinamismo a la emisión. El corrillo, rodeado de público, con sillas más de andar por casa; la entrevista, con un sofá característico con unos posabrazos peculiares que servían a Teresa de escritorio donde sostener guion y apuntes; el tiempo político desde una gran mesa con pantallas de fondo… Con una liturgia escénica más tecnológica que se asociaba a lo informativo. Había identidad p
La televisión que no dejaba de comprender y enriquecer los estados de ánimo de su sociedad
Telecinco quiere cambiar, pero intenta buscar su éxito en un lugar que ya no existe. Porque cuando las personas cambian, también los lugares dejan de ser los mismos. En sus años dorados, María Teresa Campos explicaba: «La sociedad española evoluciona muy rápido y la radio y la tele debe contar con la intuición para progresar de la mano de la curiosidad de la ciudadania o se quedará atrás». Así, tanto los programas Pasa la vida en TVE como Día a Día en Telecinco, incorporaban temas que no eran todavía habituales en el magacín. No se miraba al espectador con condescendencia. Se intentaba ensanchar los contenidos que trataban este tipo de programas. Rompiendo con los prejuicios, atreviéndose a probar e incluso equivocarse. Ahí sus programas matinales se hicieron fuertes: nunca fueron solo corazón, había actitud de programa de prime time con una pluralidad de contenidos que representaban la calle. Y si no había medios para hacer conexiones en directo, ella traía la noticia al plató. Quería hacer grande a la tele que se consideraba pequeña. Así logró crear una cita diaria de sus programas. Había que verlo para no quedarse desconectado. De esta forma, peleó por incorporar la política que se consideraba que no interesaba a su público potencial. También los géneros musicales, la entrevista e incluso el monólogo que despertaba el espíritu crítico en la audiencia. Aunque los más torpes no lo quisieran entender. Además, apostó por el debate sobre realities nada más empezar el fenómeno. Cuando todavía se veía raro hablar de otros programas. Ella fue pionera en la retroalimentación de contenidos. No solo dentro de la misma cadena, también de la cultura que encontraba visibilidad en los magacines de otra manera más popular.Pero nada se hacía al tuntún. Sus programas eran competitivos por el orden que atesoraban. Los magacines actuales parecen todo el rato la misma tertulia sin fin. En cambio, la dirección de María Teresa cuidaba la estructura. El espectador sabía a qué hora pasaba cada cosa. A las 11.00h, el corrillo con amigas del barrio charlando de lo humano, divino y la tele-realidad. A las 12.30h, la entrevista. A la 13.00h, el corazón clásico. Y, a las 13.30h, la mesa de actualidad. El público podía elegir qué le gustaba y conciliar su vida cotidiana entorno a una programación que se quedaba en la memoria colectiva. Así tampoco se hacía monótono el programa. De hecho, desde el mismo plató, cada sección ocupaba un espacio escénico reconocible por diferenciado. Lo que embellecía el relato y daba más dinamismo a la emisión. El corrillo, rodeado de público, con sillas más de andar por casa; la entrevista, con un sofá característico con unos posabrazos peculiares que servían a Teresa de escritorio donde sostener guion y apuntes; el tiempo político desde una gran mesa con pantallas de fondo… Con una liturgia escénica más tecnológica que se asociaba a lo informativo. Había identidad
20MINUTOS.ES – Televisión
