Los retratos sociales profundos requieren tiempo. Tiempo, justo de lo que no disponemos en la sociedad hiperconectada que vivimos y que nos empuja a una excitación que sobreexpone nuestras emociones. Las buenas, y las muy chungas.. El impacto de la muerte de Maricarmen ha dejado desnudos a muchos en la televisión. Sus rostros a la hora de afrontar la noticia en directo hablaban callados. Porque todo lo que ha despertado Maricarmen ha sido un escáner preciso que ha radiografiado a los que hacen periodismo digno y a los que solo son mercaderes del odio. Y son capaces de incluso utilizar a personas vulnerables como gasolina para prender las hogueras de sus miserias, trincheras y conspiraciones.. Antes no veíamos sus comentarios, pues se quedaban entre las cañas, aceitunas y palillos de la barra del bar. Ahora sus ruindades se propagan por unas redes sociales que para, más inri, se han transformado en materia prima de los medios tradicionales. La combinación entre el odiador incontinente en Twitter y el sensacionalismo televisivo sin escrúpulos ha propiciado una irresponsable tormenta perfecta que nos lanza por el precipicio de la sociedad enfrentada de la que huíamos.. Los que cizañaron sobre Maricarmen en los últimos días de su vida y los que malmeten usando a Maricarmen los días después de su muerte, servirán de documentación de dónde nos lleva la tragedia del odio que nos deshumaniza hasta reducirnos a fanáticos insensibles. Todavía no lo podemos pronosticar. Necesitamos la perspectiva del paso de los años.. Pero la imagen de Maricarmen saliendo en camilla de su casa a 15 días de morir sí que ya constata la civilización de la avaricia que nos tira cuando no somos lo suficientemente productivos. En un mundo que todo pasa tan rápido, ese vídeo de Maricarmen saliendo obligada de su hogar nos interpelará siempre: deja enmarcado dónde estamos hoy, dónde fallamos ahora. Deja encuadrado para la posteridad el individualismo que nos deja solos. Hasta cuando estamos acompañados por toda la gente buena. Esa grabación, que vimos en directo, ya es un símbolo que no hace falta años para entender su trascendencia. Porque Maricarmen podía ser nuestra madre, nuestra abuela, nuestra tía. Porque Maricarmen podemos terminar siendo cada uno de nosotros.. Y con nuestros propios ojos hemos visto de frente y sin máscara a la gente que no conoce la palabra compasión, que parece que ha dejado de ser un principio universal básico. Ni siquiera la intentan conocer. Los que ridiculizan al débil, los que satanizan al flojo, los que culpabilizan a la víctima para, después, utilizarla como arma arrojadiza. Los que siempre se creen mejores que el resto cuando, por los caminos de la excitación del rencor, han perdido el gran valor que diferencia a una persona de una piedra: la empatía. Se puede defender la ideología que quieras, incluso el sometimiento militante que ansíes, pero tener humanidad no es una opción. Los derechos humanos nunca están a debate. Maricarmen lo sabía. Maricarmen los peleó. Y a Maricarmen la atacaron por ello. Da igual que continuara ingresada en un hospital, donde era mejor no encender la tele para no sufrir más. Pero España no siempre es lo que se ve en la tele. España es un país repleto de Maricármenes que ya no se quedan calladas ante los matones de la clase. España no olvidará la imagen de una mujer sacada a la fuerza de su casa a pocos días antes de morir.
La imagen del alzamiento de su vivienda 15 días antes de morir enmarca los valores sociales perdidos.
Los retratos sociales profundos requieren tiempo. Tiempo, justo de lo que no disponemos en la sociedad hiperconectada que vivimos y que nos empuja a una excitación que sobreexpone nuestras emociones. Las buenas, y las muy chungas.. El impacto de la muerte de Maricarmen ha dejado desnudos a muchos en la televisión. Sus rostros a la hora de afrontar la noticia en directo hablaban callados. Porque todo lo que ha despertado Maricarmen ha sido un escáner preciso que ha radiografiado a los que hacen periodismo digno y a los que solo son mercaderes del odio. Y son capaces de incluso utilizar a personas vulnerables como gasolina para prender las hogueras de sus miserias, trincheras y conspiraciones.. Antes no veíamos sus comentarios, pues se quedaban entre las cañas, aceitunas y palillos de la barra del bar. Ahora sus ruindades se propagan por unas redes sociales que para, más inri, se han transformado en materia prima de los medios tradicionales. La combinación entre el odiador incontinente en Twitter y el sensacionalismo televisivo sin escrúpulos ha propiciado una irresponsable tormenta perfecta que nos lanza por el precipicio de la sociedad enfrentada de la que huíamos.. Los que cizañaron sobre Maricarmen en los últimos días de su vida y los que malmeten usando a Maricarmen los días después de su muerte, servirán de documentación de dónde nos lleva la tragedia del odio que nos deshumaniza hasta reducirnos a fanáticos insensibles. Todavía no lo podemos pronosticar. Necesitamos la perspectiva del paso de los años.. Pero la imagen de Maricarmen saliendo en camilla de su casa a 15 días de morir sí que ya constata la civilización de la avaricia que nos tira cuando no somos lo suficientemente productivos. En un mundo que todo pasa tan rápido, ese vídeo de Maricarmen saliendo obligada de su hogar nos interpelará siempre: deja enmarcado dónde estamos hoy, dónde fallamos ahora. Deja encuadrado para la posteridad el individualismo que nos deja solos. Hasta cuando estamos acompañados por toda la gente buena. Esa grabación, que vimos en directo, ya es un símbolo que no hace falta años para entender su trascendencia. Porque Maricarmen podía ser nuestra madre, nuestra abuela, nuestra tía. Porque Maricarmen podemos terminar siendo cada uno de nosotros.. Y con nuestros propios ojos hemos visto de frente y sin máscara a la gente que no conoce la palabra compasión, que parece que ha dejado de ser un principio universal básico. Ni siquiera la intentan conocer. Los que ridiculizan al débil, los que satanizan al flojo, los que culpabilizan a la víctima para, después, utilizarla como arma arrojadiza. Los que siempre se creen mejores que el resto cuando, por los caminos de la excitación del rencor, han perdido el gran valor que diferencia a una persona de una piedra: la empatía. Se puede defender la ideología que quieras, incluso el sometimiento militante que ansíes, pero tener humanidad no es una opción. Los derechos humanos nunca están a debate. Maricarmen lo sabía. Maricarmen los peleó. Y a Maricarmen la atacaron por ello. Da igual que continuara ingresada en un hospital, donde era mejor no encender la tele para no sufrir más. Pero España no siempre es lo que se ve en la tele. España es un país repleto de Maricármenes que ya no se quedan calladas ante los matones de la clase. España no olvidará la imagen de una mujer sacada a la fuerza de su casa a pocos días antes de morir.
20MINUTOS.ES – Televisión
