![DVD 1340 13/10/26 Barcelona. Pilar Roig Juvany, psicóloga, fotografiada en la Zona Franca. [ALBERT GARCIA] EL PAIS](https://imagenes.elpais.com/resizer/v2/5XBCH352CJEZPEUNGPBC2ZJL4A.jpg?auth=f0a4d0d1bdf4cc0966945196d2e8e9bd13572b998bfea11d9fa9245e83051b8f)
“Estoy en una cama, recién parida. Y ellos están en un sofá. Con el móvil y la tablet a todo volumen”. Así recuerda una madre los días posteriores al parto en prisión. Mientras ella intenta recuperarse, los policías que la custodian están sentados junto a ella. “Estás sola, no tienes a nadie, y ellos están gritando y riéndose”, cuenta. La escena, recogida por la psicóloga Pilar Roig i Jubany (Barcelona, 41 años), condensa la dificultad de descansar, recuperarse y conservar la intimidad después de dar a luz cuando una mujer está privada de su libertad.
La psicóloga ha defendido la primera tesis doctoral que analiza las experiencias de lactancia materna y violencia obstétrica de las mujeres encarceladas en España
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“Estoy en una cama, recién parida. Y ellos están en un sofá. Con el móvil y la tablet a todo volumen”. Así recuerda una madre los días posteriores al parto en prisión. Mientras ella intenta recuperarse, los policías que la custodian están sentados junto a ella. “Estás sola, no tienes a nadie, y ellos están gritando y riéndose”, cuenta. La escena, recogida por la psicóloga Pilar Roig i Jubany (Barcelona, 41 años), condensa la dificultad de descansar, recuperarse y conservar la intimidad después de dar a luz cuando una mujer está privada de su libertad.
En España, las mujeres representan una minoría de la población reclusa. Son 4.027, el 7,6% del total nacional. Dentro de ese colectivo, las madres que cumplen condena junto a sus hijas e hijos afrontan circunstancias que apenas son denunciadas. Una realidad sobre la que Roig ha puesto el foco. Para ella, cuando el cuerpo que gesta, pare y amamanta pertenece a una mujer cuya autonomía está limitada por el encierro, a las restricciones del encarcelamiento se suman las dificultades para ejercer la maternidad: decidir sobre el propio cuerpo, recibir información e incluso expresar consentimiento.
La investigadora catalana acaba de defender en la Universidad de Granada (UGR) la primera tesis doctoral dedicada a investigar las experiencias de lactancia materna y violencia obstétrica de las madres encarceladas en España. Su trabajo parte de los relatos de 30 madres sobre la lactancia y amplía el análisis a otras etapas del periodo perinatal, como el embarazo, el parto y el posparto.
Pregunta. ¿Qué encontró cuando empezó a investigar la lactancia en las cárceles españolas?
Respuesta. Lo primero con lo que me topé fue una invisibilización institucional enorme. En prisión, la lactancia no se trata como un derecho humano que debería respetarse también entre rejas. Supone una parte elemental de los cuidados durante los primeros meses de vida. El Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud así la reconocen. Es un fenómeno biocultural, en palabras de mi directora de tesis Massó Guijarro, que trasciende el mero acto alimentario y nutricional.
Al investigar, me encontré con testimonios que describían falta de apoyo por profesionales médicos y personal en prisión. Relatos sobre el terror a perder a sus bebés, entornos fríos, hostiles e inadecuados para amamantar y partos con presencia de la policía.
P. ¿Por qué cree que la maternidad de las mujeres encarceladas ha recibido tan poca atención?
R. Las mujeres en prisión son, históricamente, las eternas olvidadas. Es cierto que en los últimos años ha aumentado la literatura científica que analiza el encarcelamiento femenino, pero cuando nos enfocamos en lactancia materna y violencia obstétrica dentro del contexto penitenciario en el Estado español, la evidencia e investigaciones previas son nulas. Las mujeres presas están relegadas a un sistema diseñado por y para hombres, donde la maternidad queda directamente en la sombra.
A esto se suma la persistencia de una medicina androcéntrica y falta de atención estructural hacia la salud y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. Si la medicina androcéntrica y la ciencia convencional han ninguneado históricamente el cuerpo de las mujeres en libertad, en las prisiones la vulneración de sus derechos reproductivos se vuelve invisible.
P. ¿Qué violencias pudo recopilar?
R. Durante la gestación, las mujeres sufren escasez de controles médicos, retrasos graves en las salidas al hospital por la burocracia de los protocolos policiales y soledad teñida de culpa. Al llegar el parto, la violencia se vuelve física y psicológica, por acción u omisión mediante actos médicos no informados ni consentidos. Todo ello marcado por la presencia policial en el paritorio y la imposibilidad de estar acompañadas por un familiar.
Tras dar a luz, la recuperación continúa bajo intrusiva vigilancia en la planta del hospital, seguida de una escasez de revisiones médicas al regresar a prisión, falta de personal y desatención absoluta de la salud mental posparto. La lactancia materna también se ve mermada en el hospital y en la cárcel debido a la falta de apoyo y formación especializada de los profesionales, los falsos mitos como tener mala teta, la recomendación recurrente de alimentar con fórmula o suspender el amamantamiento ante la administración de cualquier fármaco.
P. En la tesis relaciona la violencia obstétrica con la salud mental perinatal y señala que el sufrimiento puede generar depresión posparto o estrés postraumático.
R. Cuando una mujer vive un parto o un posparto donde se la somete a traslados con contenciones físicas, falta de intimidad, trato deshumanizado o la privación forzosa de la lactancia, la vivencia se procesa como un trauma. La evidencia de la investigación muestra que esto desencadena cuadros severos de estrés postraumático, sintomatología depresiva y angustia permanente.
La mayoría de estas mujeres arrastra historias previas de violencias machistas o abusos. El trato deshumanizado y la falta de control sobre su propio cuerpo en el parto reactiva y profundiza traumas anteriores. Además, en prisión no existen espacios ni profesionales especializados para acompañar la salud mental perinatal. El sufrimiento psíquico no se atiende con escucha ni con acompañamiento terapéutico, sino que a menudo se patologiza, se invisibiliza o se hipermedicaliza.
P. ¿Cómo consiguió generar un espacio de confianza para escucharlas?
R. Hablé con ellas siempre desde la horizontalidad. Puse todos los medios teóricos, metodológicos y humanos posibles para que así fuera. Yo no vine a dar voz a nadie. Ellas ya tienen su propia voz. En el mejor de los casos, yo tan solo he sido un altavoz.
Muchas de las participantes me confesaban que nunca antes habían hablado con nadie sobre sus partos. La evidencia científica y la experiencia clínica demuestran que compartir estos momentos es profundamente sanador. La violencia obstétrica suele vivirse en el aislamiento y la culpa. De hecho, muchas madres no pueden identificar ni poner palabras a la violencia sufrida hasta que encuentran un espacio seguro donde resignificar esa experiencia.
P. Su investigación duró casi siete años. ¿Cómo fue este proceso?
R. Ha sido un camino duro. En muchos momentos, quise abandonar la tesis. La he llevado a cabo sin financiación, trabajando a jornada completa durante los últimos años y muy volcada en la crianza de mi hijo, que ahora tiene 7 años. Él ha crecido de la mano de este trabajo. Conciliar la precariedad de la investigación autopagada, las jornadas laborales infinitas y los cuidados ha sido extenuante. Sin embargo, cada vez que la duda o el agotamiento me sobrepasaban, volvía siempre al mismo sitio: ellas.
P. ¿Qué tendría que cambiar en el sistema penitenciario español para que una mujer no sea objeto de situaciones violentas durante la etapa perinatal?
R. La medida más urgente es aplicar mecanismos legales alternativos a la prisión en delitos no violentos, para evitar que las mujeres atraviesen esta en un entorno penal. Además, es indispensable romper su invisibilidad con un registro público y actualizado del número de madres, gestantes y criaturas en situación de privación de libertad.
Deben implementarse protocolos para eliminar la presencia policial durante el parto, garantizar el acompañamiento elegido por la mujer y registrar de forma sistemática las praxis violentas. Asimismo, se requieren infraestructuras adecuadas, servicio ginecológico con instrumental obstétrico en los centros y el acceso garantizado a productos de higiene íntima. Es imprescindible también contar con personal sanitario especializado en la etapa perinatal y con profesionales de la salud mental perinatal con enfoque de género.
