Parecía un novísimo don nadie más que un maestro: era rechazado por cada discográfica a la que presentaba el proyecto, daba igual que su nombre ya estuviera labrado en el pan de oro del flamenco. Que no tenía coherencia, decían; que aquello ni era flamenco, ni era rock, ni era un proyecto viable ni tenía futuro; que mejor sería no sacarlo y, como dijo Camarón después de las críticas por La leyenda del tiempo, apostar por las palmitas y la garganta. Pensaron que el disco estaba maldito, pero el maestro era un agraciado cabezón y lo sacó adelante gracias a El Europeo, un pequeño sello discográfico que le compró el invento. El maestro era Enrique Morente y su proyecto, Omega, el imprescindible disco que fusionó el flamenco y el rock gracias a Lagartija Nick para convertir su música en un insomnio onírico por el que nadie quiere dormir: las iguanas vivas llevan treinta años mordiendo a los hombres que sueñan despiertos con aquel milagro parido en Granada.»La movida es que no envejece. Sigue dialogando con nosotros, con el público», explica Antonio Arias, de Lagartija Nick, en una conversación con 20minutos. El grupo musical, coautor junto al maestro de Omega, estuvo ahí, codo con codo, cocinando aquel disco que parecía maldito, que fue más fruto de la obstinación psicodélica de fusionar las letras de Cohen y los poemas de Lorca, empañándolo todo con un mestizaje de rock y flamenco muy duramente juzgado en la época, que de un movimiento lógico en la industria. Sin embargo, el pasar de los años les ha dado la razón: «Hace no tanto, en una tienda de discos de Granada, me dijeron que seguía siendo el más vendido cada semana. Esa vocación de universal lo tiene por su enraizamiento: aparentemente, es local, pero deviene en global. Juega en otra liga, esa es la verdad», continúa Arias.Para entender Omega, o para entender lo que en su momento supuso, hay que hacer un ejercicio de transubstanciación temporal y viajar a su génesis, a esos mediados de los años noventa en los que Europa roneaba a los españoles para convencernos de que éramos de los suyos, de que podíamos formar parte de una gran unión, de que éramos también modernos y diletantes del progreso. Todo cambiaba rápido, también las estructuras culturales, y España se enfrentaba a una crisis de identidad musical: ¿cómo debía ser nuestra industria?, ¿cómo debía ser el sonido que exportáramos?, ¿qué modelo de negocio aceptaríamos como propio? Y ahí llegó Omega para trastocar, o al menos cuestionar, las reglas del juego del producto. «Desafió todo el establishment del momento. Cuando se estructuraba la idea de cómo debía ser la música en el país, de cómo debíamos desarrollarnos para ser o parecer más europeos, este disco se convierte en algo mundial que desafía al sistema», continúa Antonio Arias. «Busca crear una escena propia, no imitar la escena comercial que tanta visibilidad tenía. Es un golpe de estado en sí mismo. Cambió la
Entrevista a Antonio Arias, de Lagartija Nick, y Kiki Morente, hijo del maestro Enrique Morente, quienes tocarán el legendario Omega en una gira por España
Parecía un novísimo don nadie más que un maestro: era rechazado por cada discográfica a la que presentaba el proyecto, daba igual que su nombre ya estuviera labrado en el pan de oro del flamenco. Que no tenía coherencia, decían; que aquello ni era flamenco, ni era rock, ni era un proyecto viable ni tenía futuro; que mejor sería no sacarlo y, como dijo Camarón después de las críticas por La leyenda del tiempo, apostar por las palmitas y la garganta. Pensaron que el disco estaba maldito, pero el maestro era un agraciado cabezón y lo sacó adelante gracias a El Europeo, un pequeño sello discográfico que le compró el invento. El maestro era Enrique Morente y su proyecto, Omega, el imprescindible disco que fusionó el flamenco y el rock gracias a Lagartija Nick para convertir su música en un insomnio onírico por el que nadie quiere dormir: las iguanas vivas llevan treinta años mordiendo a los hombres que sueñan despiertos con aquel milagro parido en Granada.»La movida es que no envejece. Sigue dialogando con nosotros, con el público», explica Antonio Arias, de Lagartija Nick, en una conversación con 20minutos. El grupo musical, coautor junto al maestro de Omega, estuvo ahí, codo con codo, cocinando aquel disco que parecía maldito, que fue más fruto de la obstinación psicodélica de fusionar las letras de Cohen y los poemas de Lorca, empañándolo todo con un mestizaje de rock y flamenco muy duramente juzgado en la época, que de un movimiento lógico en la industria. Sin embargo, el pasar de los años les ha dado la razón: «Hace no tanto, en una tienda de discos de Granada, me dijeron que seguía siendo el más vendido cada semana. Esa vocación de universal lo tiene por su enraizamiento: aparentemente, es local, pero deviene en global. Juega en otra liga, esa es la verdad», continúa Arias.Para entender Omega, o para entender lo que en su momento supuso, hay que hacer un ejercicio de transubstanciación temporal y viajar a su génesis, a esos mediados de los años noventa en los que Europa roneaba a los españoles para convencernos de que éramos de los suyos, de que podíamos formar parte de una gran unión, de que éramos también modernos y diletantes del progreso. Todo cambiaba rápido, también las estructuras culturales, y España se enfrentaba a una crisis de identidad musical: ¿cómo debía ser nuestra industria?, ¿cómo debía ser el sonido que exportáramos?, ¿qué modelo de negocio aceptaríamos como propio? Y ahí llegó Omega para trastocar, o al menos cuestionar, las reglas del juego del producto.»Desafió todo el establishment del momento. Cuando se estructuraba la idea de cómo debía ser la música en el país, de cómo debíamos desarrollarnos para ser o parecer más europeos, este disco se convierte en algo mundial que desafía al sistema», continúa Antonio Arias. «Busca crear una escena propia, no imitar la escena comercial que tanta visibilidad tenía. Es un golpe de estado en sí mismo. Cambió la f
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