Cuatro años después del regreso de los talibanes al poder, las mujeres y las niñas afganas siguen viviendo una de las etapas más duras de exclusión y privación de derechos de la historia reciente del país. En este contexto, la protesta de una mujer afgana desde el extranjero puede parecer, a primera vista, un gesto pequeño. Sin embargo, cuando detrás de esa protesta hay años de amenazas, persecución, exilio, incertidumbre y preocupación por la familia, su significado va mucho más allá de una simple manifestación.. Saleha Aini, activista afgana por los derechos de las mujeres y originaria de Panjshir, es una de las mujeres que intenta romper el silencio en torno a la situación de las mujeres en Afganistán. Nació en 1994 en la aldea de Karaman, en el distrito de Dara, provincia de Panjshir. Según cuenta, comenzó su activismo cívico en 2009 y, desde 2010, participa de forma activa en protestas e iniciativas en defensa de los derechos de las mujeres.. Tras el regreso de los talibanes al poder en 2021, Aini, como muchas otras mujeres afganas que alzaron su voz, se enfrentó a una realidad cada vez más peligrosa. Según su testimonio, sus actividades de protesta la expusieron a amenazas, persecución y presiones por parte de los talibanes, hasta que finalmente se vio obligada a abandonar Afganistán.. Su camino hacia el exilio la llevó primero a Irán y posteriormente a Pakistán. Después de meses marcados por la incertidumbre, llegó a Alemania en diciembre de 2024.. Pero salir de Afganistán no significó para Saleha Aini abandonar su lucha.. Un campamento de protesta. En agosto, junto con Naqibullah Rahmani, instaló un campamento de protesta que comenzó el 12 de agosto a las dos de la tarde y se mantuvo hasta el 15 de agosto a las seis de la tarde, cuando concluyó con una manifestación. Durante esos días, periodistas, creadores de contenido y activistas de derechos humanos y de los derechos de las mujeres acudieron al lugar para mostrar su apoyo.. El objetivo, según Aini, era hacer llegar la voz de las mujeres y del pueblo afgano a la comunidad internacional y llamar la atención sobre una realidad que, a su juicio, corre el riesgo de convertirse en algo normalizado ante los ojos del mundo.. Sus principales reivindicaciones son claras: la reapertura de las escuelas y universidades para las niñas; el derecho de las mujeres a trabajar y participar en la vida social y política; y la protección de sus derechos fundamentales, su libertad y su seguridad.. Quizás lo más doloroso sea precisamente la sencillez de estas demandas. En pleno siglo XXI, las mujeres afganas siguen teniendo que reclamar derechos que en muchas otras sociedades se consideran fundamentales: que una niña pueda ir a la escuela y a la universidad, que una mujer pueda trabajar y que pueda participar libremente en la vida pública.. Sin embargo, la crítica de Saleha Aini no se dirige únicamente a los talibanes. Una parte importante de su mensaje interpela directamente a la comunidad internacional.. La responsabilidad internacional. Aini considera que la respuesta internacional ante la situación de las mujeres afganas se ha limitado con demasiada frecuencia a declaraciones y expresiones de preocupación. Para ella, cuando millones de mujeres y niñas son privadas de derechos fundamentales, manifestar preocupación sin adoptar medidas concretas resulta insuficiente.. También cuestiona cualquier proceso de diálogo o acercamiento político con los talibanes que pueda contribuir a normalizar su gobierno sin exigir cambios concretos en materia de derechos humanos.. Puede haber distintas opiniones sobre cuál debe ser la estrategia internacional frente a los talibanes. Incluso entre sus opositores existen diferencias respecto al diálogo, la presión diplomática y el aislamiento político. Sin embargo, existe una cuestión que no debería quedar relegada a un segundo plano: los derechos de las mujeres y las niñas afganas.. La educación de las niñas no debería convertirse en una moneda de cambio política. Tampoco el derecho de las mujeres al trabajo, a la libertad o a participar en la sociedad. Son derechos fundamentales y, como tales, deberían ocupar un lugar central en cualquier política internacional hacia Afganistán.. La contradicción alemana. La crítica de Aini también alcanza al Gobierno alemán. Desde su perspectiva, existe una contradicción entre defender públicamente los derechos humanos en Afganistán y, al mismo tiempo, llevar a cabo deportaciones de ciudadanos afganos que pueden enfrentarse a situaciones de inseguridad tras su regreso.. La pregunta que plantea merece atención: ¿cómo puede un Estado presentarse como defensor de los derechos humanos y, al mismo tiempo, devolver personas a un país donde su seguridad y su futuro pueden estar en riesgo?. Pero uno de los aspectos más llamativos de la experiencia de Aini durante su protesta no tiene que ver únicamente con la reacción de los gobiernos. También tiene que ver con la propia comunidad afgana en Alemania.. Una diáspora dividida. Según explica, la participación de mujeres y ciudadanos afganos residentes en Alemania fue mucho menor de lo que esperaba. Gran parte de las personas que acudieron al campamento eran amigos y personas cercanas.. Esta experiencia abre una cuestión incómoda pero necesaria: ¿por qué, pese a la gravedad de la situación en Afganistán, sigue siendo tan difícil construir una voz común entre los afganos que viven en el extranjero?. Aini señala las divisiones políticas, étnicas y personales, así como la falta de confianza entre distintos grupos, como algunas de las principales razones. Considera que, si los afganos fueran capaces de dejar a un lado parte de esas diferencias y concentrarse en objetivos básicos compartidos —la libertad, los derechos de las mujeres, la justicia y el futuro de Afganistán—, su voz tendría mucha más fuerza en el ámbito internacional.. También insiste en que los hombres tienen un papel importante en la defensa de los derechos de las mujeres. La lucha por la igualdad, sostiene, no puede recaer exclusivamente sobre las mujeres. Los hombres deben posicionarse contra la discriminación y la violencia, pero sin sustituir la voz de las propias mujeres ni hablar en su nombre.. El coste de protestar. Existe, además, otra dimensión de esta historia que a menudo permanece fuera de los titulares: el coste personal de protestar.. La familia de Saleha vive en Panjshir. Aunque ella se encuentra en Alemania, sus actividades públicas pueden generar preocupación entre sus familiares. El exilio no elimina necesariamente el miedo cuando parte de la familia continúa viviendo dentro de Afganistán.. Detrás de cada imagen de una mujer afgana protestando puede haber una historia mucho más compleja: amenazas, miedo, separación familiar, cárcel, desplazamiento o años de incertidumbre. Las mujeres que protestan dentro de Afganistán arriesgan directamente su seguridad, pero incluso quienes lo hacen desde el extranjero pueden sentir que sus acciones tienen consecuencias para sus seres queridos.. Por eso, para Aini, el final del campamento de protesta del 15 de agosto no significó el final de su activismo.. Una de sus principales fuentes de motivación son, según relata, los mensajes que recibe de mujeres que viven dentro de Afganistán. Algunas le cuentan las dificultades que atraviesan y le piden que haga llegar su voz al exterior. Otras comparten los vídeos de sus protestas y actividades.. En esos mensajes se encuentra quizá la dimensión más importante de la historia de Saleha Aini: detrás de la voz de una activista que protesta en Alemania están las voces de muchas mujeres que dentro de Afganistán no pueden expresarse públicamente con la misma libertad.. Nunca normalizar el silencio. La responsabilidad de hacerlas visibles, sin embargo, no debería recaer únicamente sobre activistas como ella. Los medios de comunicación, las organizaciones de derechos humanos, las Naciones Unidas, los gobiernos y también la diáspora afgana tienen un papel que desempeñar.. Un campamento de protesta de varios días no puede, por sí solo, cambiar la política internacional. Tampoco una sola activista puede transformar la realidad de millones de mujeres.. Pero protestas como la de Saleha Aini plantean una pregunta que no debería resultar fácil ignorar: cuando una mujer que ha pasado por amenazas, exilio y separación de su familia continúa reclamando el derecho de otras mujeres a estudiar, trabajar y vivir en libertad, ¿qué responsabilidad tenemos quienes podemos escuchar su voz?. El campamento de protesta de Saleha Aini terminó el 15 de agosto. La razón por la que fue levantado, sin embargo, sigue existiendo.. Mientras las niñas afganas sigan privadas de educación y las mujeres tengan que luchar por derechos fundamentales, el final de una protesta no puede confundirse con el final de la causa.. A veces, un pequeño campamento de protesta en Europa no tiene el poder de cambiar el mundo de la noche a la mañana. Pero sí puede servir para algo esencial: impedir que el mundo se acostumbre al silencio.. Cinco años después, la reivindicación continúa. En el quinto aniversario de la caída de Afganistán y del regreso de los talibanes al poder, mujeres y hombres afganos salieron a las calles en numerosas ciudades del mundo para participar en manifestaciones pacíficas y alzar la voz en apoyo de las mujeres y las niñas de Afganistán. Desde Europa hasta América del Norte y otras partes del mundo, estas movilizaciones compartieron un mensaje común: la comunidad internacional no debe olvidar a las mujeres afganas.. Cinco años después, sus reivindicaciones siguen siendo las mismas: educación, trabajo, libertad y el derecho a participar plenamente en la sociedad. Las protestas de la diáspora afgana recuerdan que, aunque muchas mujeres dentro de Afganistán hayan sido silenciadas y privadas del espacio público, sus voces siguen encontrando eco más allá de las fronteras del país.. La protesta de Saleha Aini forma parte de esa resistencia colectiva. Su campamento de protesta terminó el 15 de agosto, pero la causa que la llevó a levantarlo continúa. Mientras las niñas sigan privadas de educación y las mujeres tengan que luchar por sus derechos más fundamentales, el mundo no debería mirar hacia otro lado.. Quizás un pequeño campamento de protesta en Europa no pueda cambiar el mundo de la noche a la mañana. Pero, junto con las voces de miles de afganos dentro y fuera del país, puede contribuir a transmitir un mensaje que no debería olvidarse: las mujeres de Afganistán no están solas y no deben ser abandonadas.
«Mientras las niñas afganas sigan privadas de educación y las mujeres tengan que luchar por derechos fundamentales, el final de una protesta no puede confundirse con el final de la causa».
20MINUTOS.ES – Internacional
Cuatro años después del regreso de los talibanes al poder, las mujeres y las niñas afganas siguen viviendo una de las etapas más duras de exclusión y privación de derechos de la historia reciente del país. En este contexto, la protesta de una mujer afgana desde el extranjero puede parecer, a primera vista, un gesto pequeño. Sin embargo, cuando detrás de esa protesta hay años de amenazas, persecución, exilio, incertidumbre y preocupación por la familia, su significado va mucho más allá de una simple manifestación.. Saleha Aini, activista afgana por los derechos de las mujeres y originaria de Panjshir, es una de las mujeres que intenta romper el silencio en torno a la situación de las mujeres en Afganistán. Nació en 1994 en la aldea de Karaman, en el distrito de Dara, provincia de Panjshir. Según cuenta, comenzó su activismo cívico en 2009 y, desde 2010, participa de forma activa en protestas e iniciativas en defensa de los derechos de las mujeres.. Tras el regreso de los talibanes al poder en 2021, Aini, como muchas otras mujeres afganas que alzaron su voz, se enfrentó a una realidad cada vez más peligrosa. Según su testimonio, sus actividades de protesta la expusieron a amenazas, persecución y presiones por parte de los talibanes, hasta que finalmente se vio obligada a abandonar Afganistán.. Su camino hacia el exilio la llevó primero a Irán y posteriormente a Pakistán. Después de meses marcados por la incertidumbre, llegó a Alemania en diciembre de 2024.. Pero salir de Afganistán no significó para Saleha Aini abandonar su lucha.. Una voz que no debe perderse en el silencio: Saleha Aini y la lucha de las mujeres afganasKhadija Amin. Un campamento de protesta. En agosto, junto con Naqibullah Rahmani, instaló un campamento de protesta que comenzó el 12 de agosto a las dos de la tarde y se mantuvo hasta el 15 de agosto a las seis de la tarde, cuando concluyó con una manifestación. Durante esos días, periodistas, creadores de contenido y activistas de derechos humanos y de los derechos de las mujeres acudieron al lugar para mostrar su apoyo.. El objetivo, según Aini, era hacer llegar la voz de las mujeres y del pueblo afgano a la comunidad internacional y llamar la atención sobre una realidad que, a su juicio, corre el riesgo de convertirse en algo normalizado ante los ojos del mundo.. Sus principales reivindicaciones son claras: la reapertura de las escuelas y universidades para las niñas; el derecho de las mujeres a trabajar y participar en la vida social y política; y la protección de sus derechos fundamentales, su libertad y su seguridad.. Quizás lo más doloroso sea precisamente la sencillez de estas demandas. En pleno siglo XXI, las mujeres afganas siguen teniendo que reclamar derechos que en muchas otras sociedades se consideran fundamentales: que una niña pueda ir a la escuela y a la universidad, que una mujer pueda trabajar y que pueda participar libremente en la vida pública.. Sin embargo, la crítica de Saleha Aini no se dirige únicamente a los talibanes. Una parte importante de su mensaje interpela directamente a la comunidad internacional.. La responsabilidad internacional. Aini considera que la respuesta internacional ante la situación de las mujeres afganas se ha limitado con demasiada frecuencia a declaraciones y expresiones de preocupación. Para ella, cuando millones de mujeres y niñas son privadas de derechos fundamentales, manifestar preocupación sin adoptar medidas concretas resulta insuficiente.. También cuestiona cualquier proceso de diálogo o acercamiento político con los talibanes que pueda contribuir a normalizar su gobierno sin exigir cambios concretos en materia de derechos humanos.. Puede haber distintas opiniones sobre cuál debe ser la estrategia internacional frente a los talibanes. Incluso entre sus opositores existen diferencias respecto al diálogo, la presión diplomática y el aislamiento político. Sin embargo, existe una cuestión que no debería quedar relegada a un segundo plano: los derechos de las mujeres y las niñas afganas.. La educación de las niñas no debería convertirse en una moneda de cambio política. Tampoco el derecho de las mujeres al trabajo, a la libertad o a participar en la sociedad. Son derechos fundamentales y, como tales, deberían ocupar un lugar central en cualquier política internacional hacia Afganistán.. La contradicción alemana. La crítica de Aini también alcanza al Gobierno alemán. Desde su perspectiva, existe una contradicción entre defender públicamente los derechos humanos en Afganistán y, al mismo tiempo, llevar a cabo deportaciones de ciudadanos afganos que pueden enfrentarse a situaciones de inseguridad tras su regreso.. La pregunta que plantea merece atención: ¿cómo puede un Estado presentarse como defensor de los derechos humanos y, al mismo tiempo, devolver personas a un país donde su seguridad y su futuro pueden estar en riesgo?. Pero uno de los aspectos más llamativos de la experiencia de Aini durante su protesta no tiene que ver únicamente con la reacción de los gobiernos. También tiene que ver con la propia comunidad afgana en Alemania.. Una diáspora dividida. Según explica, la participación de mujeres y ciudadanos afganos residentes en Alemania fue mucho menor de lo que esperaba. Gran parte de las personas que acudieron al campamento eran amigos y personas cercanas.. Esta experiencia abre una cuestión incómoda pero necesaria: ¿por qué, pese a la gravedad de la situación en Afganistán, sigue siendo tan difícil construir una voz común entre los afganos que viven en el extranjero?. Aini señala las divisiones políticas, étnicas y personales, así como la falta de confianza entre distintos grupos, como algunas de las principales razones. Considera que, si los afganos fueran capaces de dejar a un lado parte de esas diferencias y concentrarse en objetivos básicos compartidos —la libertad, los derechos de las mujeres, la justicia y el futuro de Afganistán—, su voz tendría mucha más fuerza en el ámbito internacional.. También insiste en que los hombres tienen un papel importante en la defensa de los derechos de las mujeres. La lucha por la igualdad, sostiene, no puede recaer exclusivamente sobre las mujeres. Los hombres deben posicionarse contra la discriminación y la violencia, pero sin sustituir la voz de las propias mujeres ni hablar en su nombre.. El coste de protestar. Existe, además, otra dimensión de esta historia que a menudo permanece fuera de los titulares: el coste personal de protestar.. La familia de Saleha vive en Panjshir. Aunque ella se encuentra en Alemania, sus actividades públicas pueden generar preocupación entre sus familiares. El exilio no elimina necesariamente el miedo cuando parte de la familia continúa viviendo dentro de Afganistán.. Detrás de cada imagen de una mujer afgana protestando puede haber una historia mucho más compleja: amenazas, miedo, separación familiar, cárcel, desplazamiento o años de incertidumbre. Las mujeres que protestan dentro de Afganistán arriesgan directamente su seguridad, pero incluso quienes lo hacen desde el extranjero pueden sentir que sus acciones tienen consecuencias para sus seres queridos.. Por eso, para Aini, el final del campamento de protesta del 15 de agosto no significó el final de su activismo.. Una de sus principales fuentes de motivación son, según relata, los mensajes que recibe de mujeres que viven dentro de Afganistán. Algunas le cuentan las dificultades que atraviesan y le piden que haga llegar su voz al exterior. Otras comparten los vídeos de sus protestas y actividades.. En esos mensajes se encuentra quizá la dimensión más importante de la historia de Saleha Aini: detrás de la voz de una activista que protesta en Alemania están las voces de muchas mujeres que dentro de Afganistán no pueden expresarse públicamente con la misma libertad.. Nunca normalizar el silencio. La responsabilidad de hacerlas visibles, sin embargo, no debería recaer únicamente sobre activistas como ella. Los medios de comunicación, las organizaciones de derechos humanos, las Naciones Unidas, los gobiernos y también la diáspora afgana tienen un papel que desempeñar.. Un campamento de protesta de varios días no puede, por sí solo, cambiar la política internacional. Tampoco una sola activista puede transformar la realidad de millones de mujeres.. Pero protestas como la de Saleha Aini plantean una pregunta que no debería resultar fácil ignorar: cuando una mujer que ha pasado por amenazas, exilio y separación de su familia continúa reclamando el derecho de otras mujeres a estudiar, trabajar y vivir en libertad, ¿qué responsabilidad tenemos quienes podemos escuchar su voz?. El campamento de protesta de Saleha Aini terminó el 15 de agosto. La razón por la que fue levantado, sin embargo, sigue existiendo.. Mientras las niñas afganas sigan privadas de educación y las mujeres tengan que luchar por derechos fundamentales, el final de una protesta no puede confundirse con el final de la causa.. A veces, un pequeño campamento de protesta en Europa no tiene el poder de cambiar el mundo de la noche a la mañana. Pero sí puede servir para algo esencial: impedir que el mundo se acostumbre al silencio.. Cinco años después, la reivindicación continúa. En el quinto aniversario de la caída de Afganistán y del regreso de los talibanes al poder, mujeres y hombres afganos salieron a las calles en numerosas ciudades del mundo para participar en manifestaciones pacíficas y alzar la voz en apoyo de las mujeres y las niñas de Afganistán. Desde Europa hasta América del Norte y otras partes del mundo, estas movilizaciones compartieron un mensaje común: la comunidad internacional no debe olvidar a las mujeres afganas.. Cinco años después, sus reivindicaciones siguen siendo las mismas: educación, trabajo, libertad y el derecho a participar plenamente en la sociedad. Las protestas de la diáspora afgana recuerdan que, aunque muchas mujeres dentro de Afganistán hayan sido silenciadas y privadas del espacio público, sus voces siguen encontrando eco más allá de las fronteras del país.. La protesta de Saleha Aini forma parte de esa resistencia colectiva. Su campamento de protesta terminó el 15 de agosto, pero la causa que la llevó a levantarlo continúa. Mientras las niñas sigan privadas de educación y las mujeres tengan que luchar por sus derechos más fundamentales, el mundo no debería mirar hacia otro lado.. Quizás un pequeño campamento de protesta en Europa no pueda cambiar el mundo de la noche a la mañana. Pero, junto con las voces de miles de afganos dentro y fuera del país, puede contribuir a transmitir un mensaje que no debería olvidarse: las mujeres de Afganistán no están solas y no deben ser abandonadas.
