“Hay que diferenciar con claridad cuando es opinión e información”. O eso nos decían en las facultades de periodismo. Ahora, en cambio, por las redacciones corre la idea de que para que te vean hay que impregnar de posicionamiento a las noticias. Así han ido desapareciendo los límites estéticos que cribaban qué es opinión y qué es información.
El consumo de las redes sociales ha propiciado que queramos asistir a la vida desde un sesgo de confirmación constante. Es más cómodo que nos den la razón a que nos desafíen el raciocinio. Huimos de la compleja realidad porque, en ocasiones, lleva la contraria a nuestros anhelos. O a nuestros prejuicios. Así empezamos a confundir periodistas por defensores de nuestra trinchera. Incluso por agitadores de nuestra militancia. Los elegimos solo porque calientan la irritación que llevamos dentro. Tanto que ya no celebramos el rigor del entrevistador, que hasta nos decepciona si entrevista al que consideramos contrario. A no ser que cuestione sus respuestas con violencia verbal. Entonces, celebramos las preguntas porque, en realidad, son dardos.
Pero el buen entrevistador es preciso por casi invisible. Sus preguntas dejan desnudo al entrevistado sin necesidad de apostillar nada. Las contestaciones y la expresividad corporal lo retratan. El problema surge cuando los propios interrogados intuyen de antemano el tono del periodista por su arrebatada posición pública. Es fácil pronosticar por dónde tirará su cuestionario. Nos hemos convertido en previsibles. Una situación que, encima, provoca un ring dialéctico donde la conversación argumentada salta por los aires. Porque se prioriza colocar proclamas para el retuiteo. Ovacionadas por los suyos y, a la vez, criticadas con furia por los rivales No se busca un titular pedagógico para convencer, se prefiere la proclama que excita. No queremos entender, que eso nos lleva esfuerzo mental.
En las escuelas de comunicación, sin embargo, aprendimos que la cordialidad es la mejor herramienta para relajar las corazas de los entrevistados. Y que el gran talento periodístico está en la sutileza. Sin necesidad de artificio. Sin necesidad de adulterar el relato para impactar en los ojos. Lo interesante es captar la curiosidad de las miradas. El primer paso para lograrlo es salir de la redacción. La sociedad no se puede contar exclusivamente detrás de las pantallas, como si fuéramos espectadores de un reality show. Hay que encontrarse de frente con las historias para que te desmonten la documentación previa. Y las manipulaciones externas, también.
El reporterismo es caro. Pero el periodismo solo es periodismo con el contexto que observa, matiza, constata, denuncia. El periodismo solo es periodismo cuando va de la mano de los derechos humanos: mantiene la conciencia crítica con poder y la comprensión con el oprimido. Ahí el periodismo ni puede ni debe ser equidistante. De hecho, es lo que hace útil al rigor periodístico.
Ahora todos podemos retransmitir. Pero no es lo mismo el informador que confía en el criterio propio de la audiencia que el bocachancla que habla a su público con condescendencia. Ese mismo que suele predicar desde un individualismo que, rápido, conspira a gritos: “¡No lo dan en el informativo, la tele lo silencia!”. A menudo, la explicación a esta exclamación suele ser más sencilla. Suele ser que el tema no está verificado. O que la noticia es de unos compañeros y no se puede pisotear su trabajo por encima. Porque el periodismo no es replicar, es preguntar para encontrar. El periodismo es pensar. Y, como consecuencia, el periodismo es la prudencia que se toma su tiempo.
Justo lo que hoy no tenemos: tiempo. Lo queremos todo ya. Picadito, rápido, efectista. Con la épica de vencedores y vencidos. Que entretiene más. Las reglas de juego de las métricas de los oligarcas tecnológicos han premiado esta excitación colectiva: lo último se promociona, la calidad se pierde. Como consecuencia, los efectismos de la prisa arrasan con la serenidad. Pero cuando cambien el diseño de los algoritmos solo quedará vigente la credibilidad de los que no sucumbieron a la tensión narrativa ultraprocesada que hasta permitió que nos creyéramos que la modernidad periodística es el histrionismo de siempre. Cuando periodismo e histrionismo representan responsabilidades opuestas.
En la época de la manía viral, el valor del periodismo está disminuyendo.
Es crucial diferenciar claramente entre opinión e información. Según las instrucciones que recibimos en la escuela de periodismo. Actualmente, la noción en las redacciones es que si deseas ser notado, necesitas infundir las noticias con una colocación estratégica. Por lo tanto, las limitaciones estéticas que previamente moldearon las creencias y el conocimiento han desaparecido. El uso de las redes sociales ha resultado en un deseo de validar continuamente nuestras opiniones sobre la vida. Es más placentero que te justifiquen que te animen a pensar lógicamente. A veces, huimos de una realidad compleja, ya que puede resultar en resultados contrarios a nuestros deseos. O a nuestros prejuicios. Así, empezamos a malinterpretar a los reporteros como protectores de nuestra trinchera.
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