Eran ridículas. Eran horteras. Eran las canciones con las que se presentaban las pruebas en El Grand Prix de los años noventa. Un cuerpo de baile servía para facilitar la edición del programa y dar alegría a la transición entre juego y juego. Las bailarinas no es que fueran las mejores. En aquella televisión se priorizaban otros atributos. Pero la música festiva conseguía su objetivo. dar ritmo a la competición y, de paso, poner a los niños a sentirse cuerpo de baile. Las letras, de tan absurdas, eran perfectas para replicar desde casa. La tele era una colorista verbena a la que nos podíamos unir.La travesura infantil, todavía libre de prejuicios, hacía suyos aquellos estribillos que solo pretendían dar un simpático contexto rápido, a tono con una televisión que había dejado de regalar pisos en Torrevieja para invertir en apartamentos en Marina d’Or, ciudad de vacaciones. Habíamos superado estas canciones. Incluso las habíamos olvidado. Pero, en este 2026, El Grand Prix decidió recuperar músicas para introducir las pruebas. Y Lalachus tuvo claro que nada de crear nuevas, debían rescatar las clásicas. Tal cual. Cada semana, una cancioncita. Que si la de la patata caliente, que si la de la bola gigante… La única diferencia es que ya no están aquellas bailarinas de Revista. Ahora es la propia Lala y Gorka Rodríguez los que actualizan la coreografía de las canciones. Como cuando eran niños, las versionan. A su manera. Y, encima, logran la emoción de desactivarnos el recuerdo a los demás. Un chute de nostalgia que se convierte en una sonrisa colectiva porque retrata cómo éramos y cómo somos. Hasta percatarnos de que aquella generación que creció con El Grand Prix ha mejorado la especie. Solo basta comparar: original y copia.Es la gracia de la buena parodia: tomársela en serio. Así Lala y Gorka mejoran la coreografía a la vez que demuestran saber reírse de sí mismos. Los presupuestos de El Grand Prix son menores que los de antaño. Los medios técnicos, también. Pero ahí está Lala regresándonos a tiempos más despreocupados para refrescarnos que con imaginación la vida es más libre, es más creativa, es más viva. Con esa imaginación con la que veíamos la tele de niños y que nos animaba a bailar. Así convertíamos en nuestra fiesta las horteradas de otros. Así seguimos bailando la nostalgia. Así continuamos siendo capaces de transformar la presentación cutre de una prueba en el acontecimiento de un recuerdo para siempre.
Hay comparaciones que no son odiosas.
Eran ridículas. Eran horteras. Eran las canciones con las que se presentaban las pruebas en El Grand Prix de los años noventa. Un cuerpo de baile servía para facilitar la edición del programa y dar alegría a la transición entre juego y juego. Las bailarinas no es que fueran las mejores. En aquella televisión se priorizaban otros atributos. Pero la música festiva conseguía su objetivo. dar ritmo a la competición y, de paso, poner a los niños a sentirse cuerpo de baile. Las letras, de tan absurdas, eran perfectas para replicar desde casa. La tele era una colorista verbena a la que nos podíamos unir.La travesura infantil, todavía libre de prejuicios, hacía suyos aquellos estribillos que solo pretendían dar un simpático contexto rápido, a tono con una televisión que había dejado de regalar pisos en Torrevieja para invertir en apartamentos en Marina d’Or, ciudad de vacaciones. Habíamos superado estas canciones. Incluso las habíamos olvidado. Pero, en este 2026, El Grand Prix decidió recuperar músicas para introducir las pruebas. Y Lalachus tuvo claro que nada de crear nuevas, debían rescatar las clásicas. Tal cual. Cada semana, una cancioncita. Que si la de la patata caliente, que si la de la bola gigante… La única diferencia es que ya no están aquellas bailarinas de Revista. Ahora es la propia Lala y Gorka Rodríguez los que actualizan la coreografía de las canciones. Como cuando eran niños, las versionan. A su manera. Y, encima, logran la emoción de desactivarnos el recuerdo a los demás. Un chute de nostalgia que se convierte en una sonrisa colectiva porque retrata cómo éramos y cómo somos. Hasta percatarnos de que aquella generación que creció con El Grand Prix ha mejorado la especie. Solo basta comparar: original y copia.Es la gracia de la buena parodia: tomársela en serio. Así Lala y Gorka mejoran la coreografía a la vez que demuestran saber reírse de sí mismos.Los presupuestos de El Grand Prix son menores que los de antaño. Los medios técnicos, también.Pero ahí está Lala regresándonos a tiempos más despreocupados para refrescarnos que con imaginación la vida es más libre, es más creativa, es más viva. Con esa imaginación con la que veíamos la tele de niños y que nos animaba a bailar. Así convertíamos en nuestra fiesta las horteradas de otros. Así seguimos bailando la nostalgia. Así continuamos siendo capaces de transformar la presentación cutre de una prueba en el acontecimiento de un recuerdo para siempre.
20MINUTOS.ES – Televisión
