A sus 40 años, esta ingeniera de software se ha subido a la ola de la inteligencia artificial: «Cada día salen cosas nuevas. Si no te adaptas, te quedas atrás» Leer
A sus 40 años, esta ingeniera de software se ha subido a la ola de la inteligencia artificial: «Cada día salen cosas nuevas. Si no te adaptas, te quedas atrás» Leer
Audio generado con IACuando Laura Hernández terminó sus estudios de arquitectura técnica jamás imaginó que acabaría trabajando como enfermera. Y mucho menos que, años después, volvería a empezar de cero para convertirse en ingeniera de software. La crisis del ladrillo la expulsó de una profesión y la precariedad de la sanidad la empujó a abandonar la siguiente. Hoy, a sus 40 años, se dedica a la programación y al desarrollo de aplicaciones en la web de descargas Softonic, donde pasa los días junto a una inteligencia artificial que revisa su código y se ha convertido en un compañero más. «La manera de trabajar ya no tiene nada que ver con la de hace cuatro años», afirma.Su trayectoria es el vivo reflejo de cómo las crisis económicas y la búsqueda de una mejor calidad de vida pueden transformar por completo el destino laboral de una persona. A los 17 años tenía claro que quería dedicarse a la construcción. Estudió arquitectura técnica en Barcelona y desde segundo curso ya trabajaba en un despacho. Disfrutaba de la combinación de estar a pie de obra y frente al ordenador… hasta que estalló la burbuja inmobiliaria y el sector se desplomó. Como tantos otros profesionales, tuvo que empezar de nuevo.Fue entonces cuando la vocación de la enfermería llamó a su puerta. Le apasionaba el contacto con los pacientes, pero la realidad laboral terminó pesando más que la ilusión. Su faceta más humana se dio de bruces con unos turnos de trabajo y unos salarios que apenas evolucionaban con los años. Con la llegada de sus hijas, Leia y Elsa, la conciliación familiar se volvió misión imposible y decidió que no quería permanecer en ese bucle sistémico que no le permitía pasar tiempo de calidad con los suyos. «Ya no vi el momento de volver a hacer esos horarios», recuerda. Tampoco le convencían las perspectivas económicas de un sector con «una gran carga de trabajo» y «supermal pagado». Veía compañeras con dos décadas de experiencia cobrando prácticamente lo mismo que cuando empezaron… y sintió que había llegado a un callejón sin salida.Antes de lanzarse a otra aventura incluso se planteó regresar a la arquitectura técnica, pero descartó la idea tras testar el estado del sector con antiguos compañeros. Y entonces apareció una tercera opción que nunca había contemplado: la programación. Fue su entonces marido, desarrollador de software, quien la animó. Primero probó por su cuenta, con cursos online, y después decidió apostar de verdad y se matriculó en un bootcamp intensivo de programación. La decisión suponía un riesgo considerable. Más de 5.000 euros de matrícula, tres meses sin trabajar y jornadas de hasta doce horas diarias. Para reducir la incertidumbre pidió una excedencia como enfermera. Si todo salía mal, tenía una plaza a la que regresar.»No fue fácil», admite. El apoyo familiar resultó decisivo. Su madre se instaló temporalmente con ellos para cuidar de sus niñas mientras ella
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