Es como si las paredes de su despacho estuvieran casi cubiertas por las ramas muertas de un árbol. Las estanterías de arriba a abajo están llenas de carpetas, con sus forros rojos o verdes desteñidos por el tiempo. Esconden docenas de muestras de plantas secas tropicales, atadas con cuerda junto a páginas de notas. A cualquier persona la multitud de documentación le parecería una pila de hojas caídas del cielo, pero José Luis Fernández-Alonso ubica todo en su pequeña selva. “No es mucho”, afirma el botánico y taxónomo. Guarda mucho más abajo, en el herbario del sótano de la sede del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Real Jardín Botánico de Madrid, al que pertenece. Desde aquí, Fernández-Alonso acaba de publicar tres estudios que describen 18 especies nuevas de árboles de Colombia, Ecuador y Perú, el fruto de 30 años de trabajo.. Seguir leyendo
Un investigador del Real Jardín Botánico de Madrid saca a la luz nuevas especies arbóreas de Colombia, Ecuador y Perú, pero le queda mucho por hacer
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Es como si las paredes de su despacho estuvieran casi cubiertas por las ramas muertas de un árbol. Las estanterías de arriba a abajo están llenas de carpetas, con sus forros rojos o verdes desteñidos por el tiempo. Esconden docenas de muestras de plantas secas tropicales, atadas con cuerda junto a páginas de notas. A cualquier persona la multitud de documentación le parecería una pila de hojas caídas del cielo, pero José Luis Fernández-Alonso ubica todo en su pequeña selva. “No es mucho”, afirma el botánico y taxónomo. Guarda mucho más abajo, en el herbario del sótano de la sede del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Real Jardín Botánico de Madrid, al que pertenece. Desde aquí, Fernández-Alonso acaba de publicar tres estudios que describen 18 especies nuevas de árboles de Colombia, Ecuador y Perú, el fruto de 30 años de trabajo.. Ha tardado tanto tiempo porque los botánicos ya no pueden dedicar sus vidas a poner nombre a la flora, explica. Ha ido siguiendo sus propias líneas de investigación poco a poco, aprovechando siempre expediciones financiadas para otros fines que tenían “más interés económico”, como estudiar los aceites esenciales de las plantas o las proteínas de las semillas. No le importaba ir despacio y tampoco temía que otro científico se le adelantara en poner nombre a esas especies, pues asegura que nadie más ha trabajado en esas zonas de la costa pacífica del norte de Sudamérica. Pero ahora tiene prisa.. Aunque espera seguir trabajando por su cuenta, el investigador tiene 66 años y se jubilará a los 70. Y es probable que sea la única persona en el mundo capaz de encontrar sentido a los papeles almacenados en su despacho. “Todavía tengo varias cosas en proceso”, asegura. Procede a buscarlas, estas grandes hojas de las selvas sudamericanas, con una energía que contradice sus mocasines y su bigote espeso. Se estira para agarrar una carpeta tras otra como si se estirara hacia un árbol tropical. “No sé hasta cuánto alcanzaré a hacer, pero lo que deje publicado quedará fácil de consultar para los demás. Lo que deje en mi memoria y en mis carpetas no lo va a entender nadie, porque son cosas muy complejas”, lamenta.. Su última publicación, en la Revista de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, es solo “una parte” de esta vida de trabajo, explica. Las 18 especies nuevas son de los géneros neotropicales Matisia y Quararibea de la familia Malvaceae, de los cuales hay un centenar de variedades descritas de cada uno, según el Índice Internacional de Nombres de las Plantas.. El botánico José Luis Fernández-Alonso en un invernadero del Real Jardín Botánico.JUAN BARBOSA. Fernández-Alonso ya se encargó de nombrar varias de ellas en estudios anteriores. Provienen de los bosques “pluviales, húmedos y ricos” del Pacífico que el botánico pisó por primera vez en 1989, de becario en una expedición de la Universidad Nacional de Colombia. “Cuando fui al campo, empecé a ver que había mucha variedad de árboles de las malváceas en estos bosques”, relata. “El profesor orientador, el estadounidense Alwyn Gentry, estaba haciendo unas parcelas de 1.000 metros cuadrados [el tamaño de cuatro pistas de tenis] en diferentes bosques del mundo para reconocer la diversidad de especies por área. Se miraba cada tronco que había en la cuadrícula y se veía que era en los sitios que más variedad de árboles había”.. Lo recuerda como si fuera ayer y menos mal. En las tres décadas siguientes, Fernández-Alonso ha ido retomando sus notas de estos primeros pasos en las selvas colombianas para publicar varios estudios. Su despacho es un poco cálido, y no abre la ventana por si entra un insecto para contaminar los especímenes sueltos, pero no tanto como los bosques donde los encontró. De repente quita todo del escritorio y de la nada saca los mismos cuadernos, llenos de principio a fin de anotaciones y bocetos, que llevó a Sudamérica en los años noventa. Allí está toda su vida. Escrita a mano. “Para un botánico los cuadernos de campo son fundamentales”, subraya. “La idea es que cada expedición que hagas se traduzca en unas muestras que quedan inventariadas en un cuaderno asociado a una fecha, a una localidad y a unos recolectores”.. Describe la taxonomía: el estudio científico para ordenar todo lo que vive. Un oficio oculto, antiguo, que Fernández-Alonso califica de “vital”. “Cuanta más información tengas sobre las especies y su distribución, las que son raras o están amenazadas, tendrás más argumentos para conservarlas”, afirma. “Es urgente porque hay especies que son endémicas de un territorio”. También tiene su uso práctico, señala, que suele ser el motivo para financiar las expediciones. Advierte: “Si cae la taxonomía, no habrá quien identifique las plagas o los bichos para las ciencias aplicadas, los químicos, los médicos o los forestales”.. Fernández-Alonso cree que “mucha gente se ha vuelto cómoda” con investigar el ADN de las plantas. “A veces ha creado muchos conflictos y datos de poca calidad”, asegura. “Hay que ir a entenderlas en el campo, cómo se distribuyen las especies y por qué interactúan. Hay que combinar los métodos modernos del ADN con el trabajo de campo que coge datos de hábitat o de polinizadores”.. Es un hombre manual, uno que admite que no maneja bien los programas del ordenador y aun así ha descubierto unas 150 especies nuevas de plantas a lo largo de su carrera, calcula. Para conseguir algunas muestras de árboles hubo que hacer varias visitas al bosque hasta obtener una hoja, a veces en el suelo si las partes fértiles eran difíciles de alcanzar. “Las condiciones son duras”, cuenta. “A veces es complicado o se te acaba el agua, que me ha pasado a mí. Te arriesgas a beber de cualquier sitio y luego tienes problemas digestivos, pero es lo que toca”.. Los métodos de los botánicos que se dedican a la taxonomía cambian poco. Fernández-Alonso ha logrado muchos hallazgos al seguir los pasos y las pistas de los diarios de José Celestino Mutis, el director de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada (hoy territorio de Colombia, Panamá, Ecuador y Venezuela) entre 1783 y 1808. Coge una carpeta y muestra una hierba que no estaba descrita. “Se la dediqué a Mutis”, explica con orgullo (se llama Stemodia mutisii).. El botánico José Luis Fernández-Alonso se sienta en un banco en el Real Jardín Botánico.JUAN BARBOSA. Fernández-Alonso ha ido a zonas que pocos botánicos han visitado en la época moderna. Recuerda “una trayectoria muy interesante, en una región que tenía pocos datos porque era zona roja tradicionalmente controlada por la guerrilla”. Relata: “Hubo unas vías donde había conflicto que se volvieron menos peligrosas y nosotros fuimos en una expedición”. Allí encontró “maravillas”, cuenta.. Como Mutis, sus maravillas quedarán para “alguien que venga 100 años después y encuentre tus plantas ahí, en el herbario”, espera. Distintos estudios cifran el número de flora todavía desconocida entre 10.000 y 100.000, pero Fernández-Alonso los tacha de “especulaciones”.. Lo cierto es que trabaja contra reloj para sacar más especies nuevas de sus carpetas. Es un proceso largo, explica. Pero ya no contempla volver a los bosques. Su sombrero de fieltro, que fácilmente podría ser uno de Indiana Jones, está colgado en un gancho del despacho. “Es el momento de escribir”, afirma. Ni piensa en volver a su pueblo de Valladolid donde, de pequeño, compitió contra su hermano para recopilar los datos de todos los insectos de Encinas de Esgueva. Lo hizo también con cuaderno, el primer paso en el mundo taxonómico, que aún tiene guardado en su despacho.. “Es una carrera contra mí mismo”, concluye. “Sacrificaré los descansos en el pueblo para poder sacar estas publicaciones pendientes”.
