Hay un espécimen que me tiene perplejo. Pongámoslo nombre: el Homo listillus, siempre agazapado detrás de la pantalla para culpabilizar a toda persona que haya sido víctima. Se trata del cenizo que corre a ponerse del lado del depredador. No falla: si desahucian a una mujer de 87 años que pagaba una renta ajustada, se indigna porque su alquiler era demasiado sensato en relación a su pensión. Y lo justifica: cómo Maricarmen osa vivir en un barrio de lujo por 500 euros. Ahora, es lujo aquel hormigón de posguerra levantado en un Madrid que está más cerca del ruido de la M30 que de las tiendas caras de Ortega y Gasset. Pero convertimos la anomalía peligrosa en regla de juego. Tal vez porque así nos sentimos superiores al resto. Tal vez porque hemos crecido con la ambición excitada que nos impide percatarnos de que estamos más cerca de ser Maricarmen que de tener arrendados un 40 pisos en Moratalaz.. El Homo listillus suele ser el mismo que piensa que las personas migrantes le ocuparán su casa. Los migrantes de piel racializada, claro. Sin percatarse de que ni siquiera dispone de casa propia. De hecho, comparte habitación en un piso de cuatro. Compañeros que le convencen para ir al cine a ver La bola negra. Que todo el país está hablando de ella. Menudo hype. Da FOMO perdérsela. Entonces, el Homo listillus insiste en que la homosexualidad de Federico García Lorca era sobradamente conocida, al mismo tiempo que critica la existencia de «etiquetas». «Qué cansinos Los Javis con lo gay», prosigue. Ni se percata de la contradicción coherente de sus prejuicios hechos disertación.. El Homo listillus está a dos suspiros de gritar una tradicional aspiración: “para cuándo el orgullo hetero, que siempre estáis vosotros hablando de vuestras cosas”. Como si tales cosas no fueran también de la sociedad que todos formamos parte imprescindible. Como si las personas LGTBIQ+ no hubiéramos crecido disfrutando de pelis con solo tramas hetero, pues no había otras… Debíamos conformarnos con sentirnos reflejados en los resquicios de aquellas historias con ayuda del poder de la imaginación. Nuestra imaginación.. Pero el Homo listillus no tuvo que entrenar tanto la fantasía. Así que tampoco demuestra una empatía ejercitada. A pesar de que Los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, hayan escrito una película mainstream, con bien de subrayados en fosforito tan dorado como el Premio Oscar que sueñan. Quizá para echar una mano a aquellos que todavía están en parvulitos de derechos humanos y son incapaces de comprender la importancia de resarcir a los ciudadanos LGTBIQ+ de la injusticia de la visibilidad arrebatada. En el mejor de los casos, el mundo te aceptaba encerrándote en una perversa discreción. Había que esconder la vida en una casa de persianas bajadas, que era el único lugar en el que estabas a salvo siendo tú mismo.. ¡Casa!, refugio de juegos de niños y de serenidad de mayores. Casa que las nuevas generaciones van a impedir que suene a utopía en una sociedad donde el mercado va tomando el mando de los derechos sociales. Con el empujón de los que escarban la culpa en el agraviado.. Volvamos a colocar la vergüenza en su sitio. Hay historias, de ficción y de realidad, de Sebastianes y de Maricármenes, que delatan quiénes invierten tiempo en las emociones que permiten aprender y quiénes eligen la ambición de creerse los más listillos. Y, al final, solo acaban representando al gris que silencia. Gris como la ceniza. Homos listillus, déjennos reivindicarnos. Por todos los días con todas sus noches que no tuvimos la oportunidad de hacerlo. Por todas las luces que prendidas unidas pueden dejar en evidencia a los que enfrentan desde las sombras.
De Maricarmen a ‘La bola negra’, crónica de derechos y cenizos.
Hay un espécimen que me tiene perplejo. Pongámoslo nombre: el Homo listillus, siempre agazapado detrás de la pantalla para culpabilizar a toda persona que haya sido víctima. Se trata del cenizo que corre a ponerse del lado del depredador. No falla: si desahucian a una mujer de 87 años que pagaba una renta ajustada, se indigna porque su alquiler era demasiado sensato en relación a su pensión. Y lo justifica: cómo Maricarmen osa vivir en un barrio de lujo por 500 euros. Ahora, es lujo aquel hormigón de posguerra levantado en un Madrid que está más cerca del ruido de la M30 que de las tiendas caras de Ortega y Gasset. Pero convertimos la anomalía peligrosa en regla de juego. Tal vez porque así nos sentimos superiores al resto. Tal vez porque hemos crecido con la ambición excitada que nos impide percatarnos de que estamos más cerca de ser Maricarmen que de tener arrendados un 40 pisos en Moratalaz.. El Homo listillus suele ser el mismo que piensa que las personas migrantes le ocuparán su casa. Los migrantes de piel racializada, claro. Sin percatarse de que ni siquiera dispone de casa propia. De hecho, comparte habitación en un piso de cuatro. Compañeros que le convencen para ir al cine a ver La bola negra. Que todo el país está hablando de ella. Menudo hype. Da FOMO perdérsela. Entonces, el Homo listillus insiste en que la homosexualidad de Federico García Lorca era sobradamente conocida, al mismo tiempo que critica la existencia de «etiquetas». «Qué cansinos Los Javis con lo gay», prosigue. Ni se percata de la contradicción coherente de sus prejuicios hechos disertación.. El Homo listillus está a dos suspiros de gritar una tradicional aspiración: “para cuándo el orgullo hetero, que siempre estáis vosotros hablando de vuestras cosas”. Como si tales cosas no fueran también de la sociedad que todos formamos parte imprescindible. Como si las personas LGTBIQ+ no hubiéramos crecido disfrutando de pelis con solo tramas hetero, pues no había otras… Debíamos conformarnos con sentirnos reflejados en los resquicios de aquellas historias con ayuda del poder de la imaginación. Nuestra imaginación.. Pero el Homo listillus no tuvo que entrenar tanto la fantasía. Así que tampoco demuestra una empatía ejercitada. A pesar de que Los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, hayan escrito una película mainstream, con bien de subrayados en fosforito tan dorado como elPremio Oscar que sueñan. Quizá para echar una mano a aquellos que todavía están en parvulitos de derechos humanos y son incapaces de comprender la importancia de resarcir a los ciudadanos LGTBIQ+ de la injusticia de la visibilidad arrebatada. En el mejor de los casos, el mundo te aceptaba encerrándote en una perversa discreción. Había que esconder la vida en una casa de persianas bajadas, que era el único lugar en el que estabas a salvo siendo tú mismo.. ¡Casa!, refugio de juegos de niños y de serenidad de mayores. Casa que las nuevas generaciones van a impedir que suene a utopía en una sociedad donde el mercado va tomando el mando de los derechos sociales. Con el empujón de los que escarban la culpa en el agraviado.. Volvamos a colocar la vergüenza en su sitio. Hay historias, de ficción y de realidad, de Sebastianes y de Maricármenes, que delatan quiénes invierten tiempo en las emociones que permiten aprender y quiénes eligen la ambición de creerse los más listillos. Y, al final, solo acaban representando al gris que silencia. Gris como la ceniza. Homos listillus, déjennos reivindicarnos. Por todos los días con todas sus noches que no tuvimos la oportunidad de hacerlo. Por todas las luces que prendidas unidas pueden dejar en evidencia a los que enfrentan desde las sombras.
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