Un agricultor en Bután se inclina sobre una terraza labrada en la ladera de una montaña. Los arrozales están pintados de verde en Paro, queda muy poco para otra cosecha en la que el arroz espera a ser recolectado junto a animales y la huerta familiar. A 8.000 kilómetros de distancia, un agricultor de olivas en España atraviesa un campo endurecido por otro verano de calor y mira al cielo esperando una lluvia que apenas ha llegado.. Seguir leyendo
Reflexiones sobre la Cumbre Mundial de Sistemas Alimentarios Conscientes celebrada en Bután
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Un agricultor en Bután se inclina sobre una terraza labrada en la ladera de una montaña. Los arrozales están pintados de verde en Paro, queda muy poco para otra cosecha en la que el arroz espera a ser recolectado junto a animales y la huerta familiar. A 8.000 kilómetros de distancia, un agricultor de olivas en España atraviesa un campo endurecido por otro verano de calor y mira al cielo esperando una lluvia que apenas ha llegado.. A primera vista, poco parece unirlos: Himalaya y sol español; cultivos, lenguas y economías distintas. Hasta la tierra bajo sus pies tiene otro color.. Desde lejos parecen mundos diferentes. El arroz crece como parte del decorado del valle del río Chhu. Solo escuchamos agua, pájaros y las gotas intermitentes de la estación de lluvia, cuya llegada e intensidad son cada vez menos predecibles.. Viajé a Bután para participar en la primera Cumbre Mundial de Sistemas Alimentarios Conscientes, organizada en septiembre por la Alianza para los Sistemas Alimentarios Conscientes (CoFSA) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), con el apoyo del Gobierno de Bután, a la que asistieron cerca de 400 personas de más de 60 países: agricultores, líderes indígenas, científicos y responsables políticos.. No era casualidad hacerlo allí: la Felicidad Nacional Bruta lleva décadas planteando que el progreso no se mide sólo por la economía, sino también por el bienestar, la cultura, la comunidad y la relación con el entorno.. Pero hablamos de algo más que de qué cultivamos y cómo: de nuestra relación con la tierra, con los demás y con los alimentos; de qué valoramos y qué perdemos cuando reducimos la comida a una mercancía. Esas preguntas volvieron conmigo a España.. En España, comer nunca ha sido sólo alimentarse. Compartir la mesa y alargar la sobremesa forman parte de nuestra cultura tanto como lo que ponemos en el plato. Sin embargo, nos alejamos de algunos de sus fundamentos: cae el consumo de verduras frescas y más de uno de cada tres niños de seis a nueve años tiene exceso de peso; entre los hogares con menos de 18.000 euros anuales, la cifra se acerca a uno de cada dos.. El cambio también se ve en el campo. El estrés hídrico, las sequías más largas y la menor disponibilidad de agua amenazan a la agricultura española. Para el agricultor que dejamos bajo el sol, no son proyecciones: determinan lo que podrá —o no— brotar de la tierra.. Alimentación, desigualdad, clima, agricultura: al final, todo termina encontrándose en el mismo plato.. Sin embargo, nos cuesta ver la conexión. En el mercado o ante el frigorífico vemos el alimento, pero no el proceso que lo llevó hasta allí: la tierra que lo sostuvo, el agua que lo nutrió, las manos que lo recolectaron, el camión y quien lo condujo. Todo parece desvanecerse tras una etiqueta y un precio por kilo.. Podemos medir los nutrientes de un plato, el carbono emitido, el agua necesaria para cultivarlo y su precio.. Pero entre el campo y el plato hay una historia que los números no alcanzan a contar. Alguien plantó la semilla, la transportó, la vendió y la cocinó. Alguien se sentó a comerla. Alrededor hay relaciones con la tierra, el dinero, la familia, la cultura, la salud y los demás. Ese era el territorio que explorábamos en Bután.. Durante cinco años, CoFSA ha explorado cómo valores, relaciones y formas de mirar influyen en nuestras decisiones sobre la comida. No sustituyen a la ciencia, las políticas públicas o la tecnología: las acompañan… ¿En qué momento la comida dejó de ser nutrición para convertirse solo en negocio? ¿Puede funcionar un sistema alimentario si no satisface su propósito más importante: alimentarnos?. Puede sonar a utopía, pero hay lugares donde es posible: donde el precio no marca todas las reglas, se produce de más para compartir con los animales y se escucha al entorno para recolectar lo que toca, no más de lo necesario.. Bután no es un manual para España. Un agricultor bajo el Himalaya no puede cultivar como uno de aquí, ni uno de aquí como en Bután. Quizá no sea ahí donde importe la comparación. Ocho mil kilómetros siguen separando a nuestros agricultores: Himalaya y llanura española, distintos cultivos, lenguas y mercados. Hasta la tierra bajo sus pies tiene otro color.. Pero ambos hunden las manos en un suelo cuyo futuro ya no pueden dar por sentado. Miran al cielo esperando algo que ningún mercado garantiza. Necesitan agua, ganarse la vida y conservar un conocimiento de su tierra que no puede sustituirse. Ambos deben adaptarse a cambios que no provocaron solos.. Al comenzar el viaje, veía la distancia que los separaba. Al volver a casa, pensaba en lo que esa distancia me había impedido ver. Que detrás de ese plato de arroz hay unas manos, meses de tierra y agua, rituales que agradecen a la tierra y a sus deidades sus bendiciones y abundancia, un patrimonio inmaterial que no puede eclipsarse tras toda esa prisa.. Quizás la conciencia sea precisamente eso, ver qué es lo que tiene que suceder para que el cuenco que tienes pueda estar lleno, y cómo podemos hacer, para que también lo esté dentro de otros 10 años.. Aitor Sánchez García es dietista-nutricionista, tecnólogo alimentario y divulgador científico.
